#21 Angus Primrose ¡¡¡desaparecer en el mar!!! -y 4- por Angel Joaniquet

 Con este fragmento finaliza esta serie de relatos, donde se han narrado los últimos meses de la vida del diseñador de yates Angus Primrose. Aquí se desvela el dramático fin del Demon of Hamble y de su armador, la verdadera la identidad de Jane, y queda evidenciado del poder del mar para provocar delirios a quienes se adentran en él y pueden sufren de su virulencia:  

El diabólico Atlántico

"Los primeros frentes del otoño empapaban la costa de Hampshire. El parte no era el más amable para realizar una travesía. Y menos partir con el temporal ya formado. Los frentes barrían de lleno el lugar desde hacía dos semanas. A pesar de ello decidieron embarcar en el Demon y bajar hacia el Sur para dirigirse a la Florida.

-  Los frentes después de cabo Cood, pierden intensidad-, se dijeron.

- Son solo dos días de dura navegación, después, el Sol nos acompañará. -se autoconvencieron, sabiendo lo arriesgado que suponía esta decisión-.

Salieron de Newport con fuerte brisa. Angus era un experimentado navegante, y Jane había aprendido lo suficiente en los últimos meses para ser una excelente tripulante. Era una buena pieza para reforzar las guardias y mantener el barco a tono. No había nada para temer.

La travesía fue dura. El viento sacudía sin concesiones contra el velero. Rizados, avanzaban con fuerza. El barco navegaba seguro, aguantaba bien. Lo único que preocupaba a Angus era mantenerse separardo, lo más lejos posible, de la cercanía de la costa, dado que la ola crecía mucho si no dejabas el litoral muy al Oeste, debido la poca profundidad de la plataforma continental en esta parte de la costa litoral, y no quería quedarse atrapado entre las playas arenosas de la zona y el temporal.

Como la tempestad no aflojaba, decidieron realizar un bordo hacia el Este. Abrirse a mar adentro. Fue una jornada durísimo. Vientos de 40 nudos. Sostenidos. Con yankee en proa, y doble rizo en la mayor, para mantener un rumbo de aleta al 120ª, amurados a babor. Tras dos encapilladas, decidieron arriar el yankee.

El tercer día de navegación fue espantoso. El buen tiempo no llegaba. Pasado el mediodía, mojados y cansados, Angus salió a la bañera, donde estaba Jane, mojándose, respirando aire y lluvia, para despejarse y espabilarse, y Angus le comunicó que aparejase la balsa salvavidas, pues el barco se hundía. “Una vía de agua”. ¡Imperdonable! pensó!

Sin decir nada Jane abrió rápidamente el cajón donde estaba la balsa y se hinchó. La ensogó con un cabo a la aleta de estribor del velero y la lanzó, no sin muchas complicaciones y dificultades, al agua. El oleaje era intenso, los rociones molestaban la maniobra. El viento azotaba la balsa como si fuera una grimpola al aire. El bote volcó sobre el mar, dando grandes zampadas. Angus gritó a Jane para que saltara sobre la balsa, y que soltara el cabo que la ataba al Demon. Ella, temblando de frío, saltó, pero parecía que no podía desatar el cabo. Angus, con su cuchillo, cortó la soga, en el mismo momento que intentó saltar al bote. Resbaló, intentó, cogerse a la balsa, no pudo. Jane paralizada, enfriada y sin capacidad de reacción, oía como Angus le gritaba. Le decía que intentara acercársele con los remos, y recogerlo, pero la corriente lo hacía derivar hacia el Sur. Angus quedó flotando, entre las inmensas olas, hasta que dejó de gritar.

* * * * *

En sus letargos de delirio, Jane, vio como una isla se acercaba a la balsa. En sus arrebatos distinguía, en estos avistamientos fortuitos e irregulares, a una especie de monje que le hablaba en gaélico antiguo. Debido la lejanía no podía entender a ciencia cierta que le decía. Pero sabía que era gaélico, Conocía el irlandés gracias a sus abuelos, emigrados a Londres, después de la guerra de Hitler. La isla que se le aparecía y desaparecía intermitentemente, le acompañaba de día y noche. Sobre todo, de noche, cuando dormía. Entonces veía la isla más clara, gracias a su resplandor, producido por las hogueras de sus habitantes. De día, podía percibir, de forma brumosa y lejana a un monje, que lo identificaba, en sus arrebatos alucinógenos, con Angus. Sabía que no podía ser. El monje la miraba encima de un gran pez, que, a modo de embarcación, se le acercaba, para decirle que dejara el mar y que volviera a tierra. El islote era descomunal, a pesar de su efímera apariencia. Brotaban de la isla espesas arboledas, con palmeras, chopos, olmos y robledales y curiosamente estaba plagada de vacas y ovejas.  El islote parecía dos senos apuntando hacia el cielo. Las cimas de las colinas tenían unas puntas que parecían pezones. En medio, un angosto valle, donde corría un río cristalino y blanquinoso. Lechoso. Junto al monje que la miraba, y que le hablaba en sus sueños, Jane veía a otros siete encapuchados que acompañaban al gran monje. No sabía por qué estaban allí también. Jane no podía distinguir, ni nunca supo, como había tantos personajes en este espacio encontrado después del naufragio, y que se sumaron al grupo de seguidores de este extraño monje, entrando todos en su isla. A ella no. Todos ellos la miraban desde la lejanía, mientras ella suplicaba que la dejaran desembarcar en la isla.

Poco antes, cuando ya pensaba en dejar la balsa y adentrarse en la mágica isla, Jane oyó el estruendo de unos potentes truenos. Estaban a unas 180 millas frente la costa de Carolina del Sur. Fueron unos motores quienes la desorientaron en su profundo sueño. Un barco de los guardacostas de los Estados Unidos avistó un objeto flotante. Una pequeña balsa a la deriva. Se acercaron. En ella se encontraba una joven muchacha, no debía tener más de 20 años. La hallaron con claros síntomas de hipotermia e inanición. Deliraba y tenía resecos los labios. A pesar de la humedad. Era Jane. Aunque en realidad se llamaba Erika…

* * * * *

Una vez salvada y en estado comatoso, sus rescatadores dedujeron que debía hacer cuatro días que se encontraba en el bote, perdida en el mar, tras sufrir posiblemente un naufragio en un pequeño yate. Debió ocurrir durante la última tormenta. De ello hacía unos cinco días. En un primer momento de lucidez, Jane, tras una rápida recuperación, a base de agua y una manta térmica, aseguró, a bordo del barco guardacostas, que gracias al señor Angus Primrose, ¡ella estaba viva! Lo repetía una y otra vez, de forma obsesiva. Paranoica, señalaba que se sacrificó por ella y que estaba viva gracias a él.

Posteriormente relató, aún muy afectada por los hechos, de cómo tras ser sorprendidos por una terrible tormenta, a bordo de un balandro Moody de 33 pies, el señor Angus la alojó en una pequeña balsa salvavidas, y cuando vio que estaba segura en el bote, él continuó a bordo del velero, hasta que lo perdió de vista. Cuando Jane vio de nuevo a su acompañante, en medio del mar embravecido, éste pretendió alcanzar la balsa, lanzándole gritos para que se acercara, pero en el momento de agarrarse en el bote salvavidas, e intentar sujetarse a él, resbaló, cayó al agua y desapareció. Pocos minutos después, también se hundió el yate.

Toda esta historia la recordaba con grandes sollozos e impulsos histéricos. También relató a los guardacostas que, tras el naufragio, y mientras navegaba en la balsa, vio una isla y que, a pesar de sus esfuerzos para llegar a ella, no pudo alcanzarla. Preguntada de qué isla se trataba, ella con los ojos desbordados y las pupilas encendidas, dijo sin mostrar ningún signo de duda, que era la isla de san Borondón, y que el santo Brandain se negó en acogerla en su islote.

El estado de delirio continuó durante varios días. Ya en el hospital de Savannah, el equipo médico que la atendía apuntó en el informe clínico que la rescatada sufría, por el shock de suceso, un agudo estado alucinógeno, bastante severo de erradicar.

Desde aquel rescate Jane ya no fue la misma. Superada clínicamente su negra experiencia que sufrió en el mar, y recuperada físicamente, decidió abandonar su anterior vida disoluta y desordenada, valorar la castidad, no beber nada de alcohol, ni tomar sustancias psicotrópicas, dejar sus extraños cultos al diablo que tanto le cautivaban hacia solo unos escasos meses y olvidarse de la mitología celta, que tanto le entusiasmaba cuando era más joven. También se prometió así misma a no acercarse a lugar alguno donde pudiera olerse el salitre marino o presentir la cercanía del Océano. Se convirtió en una devota terrícola y en una fanática defensora de los valores de Jesús y de su inmaculada madre, la virgen María.

Al año de su rescate, ingresó en un convento católico, en una pequeña población del estado de Ohio, cerca de la ciudad de Toledo en el medio oeste americano, cerca de la región de los grandes logos de agua dulce. Y tomó el nombre de Jane… Sor Juana…"

FIN





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