#25 ¡¡¡Magnetismo hacia Sidi-Ifni!!! por Josep Antoni Berenguer
Conocer cómo se navegaba en la década de los años '40 y '50 en España, y en la mayoría de las mares del mundo, es asombroso. Sobre todo, en costa alejadas de lo que entonces se conocían como ‘las metrópolis’. Nuestro amigo Josep Antoni Berenguer nos relata cómo embarcó, cuando sólo tenía 13 años, a bordo del Consuelo de Huidobro, un gánguil transformado en barco para el tráfico entre Canarias y Sidi-Ifni, entonces territorio administrado por España en África Noroccidental.
Mi destino era aquel poblamiento africano,
donde había vivido desde pequeño, dado que mi padre era militar destinado en
aquel destacamento. Yo me encontraba en Las Palmas debido a
que por la muerte de mi madre me enviaron en avión militar desde Ifni a un colegio de
la ciudad canaria.
En este primer viaje en barco recuerdo
que al salir de puerto canarión, la dotación de aquel barquichuelo me ubicó en
el ‘castillo de proa’, ya que era el único sitio donde no podía molestar a la
tripulación de aquella embarcación.
Como era ya el atardecer, me alojaron
en este inhóspito lugar, donde podía pasar la noche, tendido sobre unos sacos
de patatas y otros productos de consumo alimenticio diario, como si fuera un
colchón. Cerca tenía una enorme caja que albergaba la cadena que agarraba una
enorme ancla, cuya silueta se dibujada en el otro extremo del ollao de la
amura de babor del barco.
Foto actual de Sidi-Ifni, con su extensa playa
En esta situación salimos con rumbo adecuado para llegar al fondeadero de Sidi-Ifni, en un extenso arenal en aquella costa africana, que conformaba una desolada playa, a mar abierto y donde este barco quedaba fondeado, tras alcanzar su destino en el continente. Normalmente lo hacía a una distancia de aproximadamente 400 metros separado de la costa. Allí, con la ayuda de unas embarcaciones anfibias, se hacían los desembarques y los embarques, tanto de carga de mercancías como, en este mi caso, -a decir verdad, muy esporádicos-, de personas, que llegaban al poblado.
He de confesar que este
convulsivo viaje a bordo, tal como veremos, fue el que despertó mi vocación
marinera. Descubrí en él el gusto por la aventura. El de vivir en libertad en
medio del océano. Los olores de aquella travesía, el mar inmenso, el viento, el
Sol, de aquellos días de viaje me han acompañado siempre, hasta hoy.
Reconozco que no fue una navegación
normal. Al contrario. Fue muy singular. Visto con la perspectiva del tiempo
transcurrido, podría haber sido dramática, incluso, exagerando tal como
exageramos ahora con situaciones de alguien que viviera una situación similar, no
programada o inesperada, la incidencia vivida podría haber sido dramática.
La cuestión fue que después de
dos días de navegación, aún no habíamos llegado a nuestro punto de destino. Y
eso no será normal. Seguíamos navegando mar a dentro y la costa africana no se
divisaba en ningún momento. La tripulación, mosqueada, comentaba que ya debíamos
de haber llegado, o como mínimo, tendríamos que divisar el litoral africano. No
había calima y el rumbo parecía correcto. Pero solo teníamos horizonte a
nuestro alrededor.
El barco y su tripulación eran veteranos en esta travesía. Excepto el piloto de mando, el resto habían cubierto esta ruta en centenares de ocasiones. Se podía decir que el barco se sabia de memoria la demora a seguir. Era como un burro que se conoce tanto el camino, que no necesita pensar por donde pasa. Por eso, la extrañeza y la preocupación a bordo iba en aumento cuando en dos días no habían avistado la costa africana. Sobre todo, su piloto principal, que no entendía como aún no habíamos alcanzado el fondeadero de Sidi-Ifni.
Realmente preocupados, y a pesar
de ser yo aún un niño, me percaté de que algo raro pasaba en aquella embarcación.
Todos se movían con intranquilidad. La inquietud se respiraba a bordo. Alguien comenzó
a especular con razonamientos irracionales. Las fantasías más primarias
comenzaron a brotar en las mentes de aquellos tripulantes y a expresar temores ocultos,
típicos de muchos hombres de la mar. Yo, atónito, no osaba a decir palabra.
Veía desasosiego en todos y el rostro de aquellos curtidos hombres de mar
mostraban inquietud.
Por fin, alguien encontró a que
se debía aquella anómala situación, que no era nada normal, estar navegando más
de cuatro días, en una ruta que no supera las dos singladuras. Un sagaz
tripulante se percató de que al lado del compás de navegación se encontraba un
enorme martillo, de hierro y dedujo que esto debía de provocar un desvío magnético
a la brújula que desorientó el rumbo a seguir del barco.
Efectivamente. ¡Así era! Sacado
el gran martillo, la aguja encontró el verdadero Norte magnético y dedujeron
que estuvieron navegando cuatro días con un rumbo equivocado, provocado por la
tracción del metal allí alojado en el puente de mando.
Un trayecto de dos días, se retrasó
en más de cinco días.
Desde tierra, también había
preocupación. La gente que esperaba la llegada del Consuelo de Huidobro en
Sidi-Ifni estaba inquieta, por lo que podría haber sucedido con aquel barco. El
tiempo era sereno, no estaba previsto ningún tipo de alteración meteorológica
en la zona de este trayecto y el barco no aparecía.
Desde lo alto del acantilado, la
población de Ifni, expectante con la llegada del Consuelo de Huidobro se
tranquilizó cuando el vigía de la plaza lo oteó en el lejano horizonte, a varias
millas al Norte de su ruta habitual, siguiendo la costa, cuando lo normal era
que su arribada siempre fuera por el Sur, hasta llegar a su fondeadero habitual.
Una vez en tierra, fui recogido por mi familia, mi padre, mi tía y mis abuelos, y después me enteré, por los comentarios que se realizaron en la terraza del bar del hotel que regentaba mi abuelo en Sidi-Ifni -el conocido Hotel Suerte Loca, aún regentado por mi familia- que la incidencia del retraso de barco fue debido a un martillo situado cerca del compás de gobierno del barco y que desvió su rumbo. Para más motivo de chanza, los comentarios y chafarderías giraban en torno a que en este viaje se daba la circunstancia de que se estrenaba como nuevo piloto un joven que era, además su primer viaje como responsable de la nave. Muchos tertulianos sospecharon que ‘cosas’ como las que se vivieron en el Consuelo de Huidobro, suelen ocurrir cuando alguien se estrena en una tarea”.
Conversación transcrita en catalán y traducida al castellano
Fotos del Consuelo de Huidrobo: archivo de Juan Carlos Díaz Lorenzo


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