#5 ¡¡¡Fuego en las Columbretes!!! por Angel Joaniquet

 

Reproducimos el escrito de Angel Joaniquet ‘Columbretes’ de su fanzine [solo abierto para amigos] “Islas Mágicas”, que lo inició en el año 2001 y que tenía como propósito crear un momento de lectura con narraciones fantásticas, para fans y amigos de Angel.

La recopilación de algunos de estos relatos, y algunos de nueva producción, sirvieron para reagrupar, en forma de libro, diez narraciones sobre islas e islotes bajo el genérico nombre de “Islas sin Historia”. Una de las narraciones, ‘Columbretes’, la novena de la serie, ya incluida en “Islas Mágicas”, la publicamos en esta entrada de Nautas&Commanders:

 

Año 1836

El colosal incendio de la isla Grossa de los Columbretes

"La isla Grossa se parece el cráter de un volcán partido por la mitad. Los entendidos dicen que lo es. Los Columbretes son un archipiélago (39º54’N / 00º41’E) a 28 millas del cabo Oropesa, treinta y cinco de Vinarós y a cuarenta del Grao de  Castelló.

De no más de 900 metros de largo de norte a sur y de unos 200 de ancho, de este a oeste, el mayor de los Columbretes es como una gran Luna en fase menguante, abierta descaradamente al Este, lo que la  convierte en un pésimo refugio marítimo para los temporales de levante, los más frecuentes en la zona. Cuando se navega hacia él se ve una sólida mole, aparentemente maciza, con dos alturas redondeadas de 45 y 68 metros en sus dos extremos. Pero cuando te acercas lo suficiente, compruebas que es un estrecho hilo de tierra de costa, pues su aparente y aparatosa volumetría en perspectiva es falsa, ya que se trata, en realidad, de un gran hueco. En el interior de este vacío está el puerto, una imponente ensenada abierta hacia levante, con una bocana de 400 metros de ancho.

La isla no está sola. Varios islotes o grandes pedruscos la acompañan. Son como una especie de estelas de piedras esparcida hacia el Sur. Como escorias que emergen y que en lugar de agruparse se encuentran como buscando la dispersión. Sin duda producto de las convulsiones telúricas que vivió este volcán, antes terrestre y hoy degastado y erosionado por el medio marino.

Sí. Estas islas se sustentan sobre un campo volcánico, dormido desde hace milenios, de unas 20 millas de largo por 15 de ancho y son estos restos rocosos, (que sobresalen emergentes de la base de esta antigua plataforma de fuego fósil que se encuentra hoy a unos 80 metros de profundidad) estos islotes que llamados los Columbretes. Muy cerca de esta plataforma submarina de fuego fósil se halla el talud marino, que cae en fuerte pendiente en un precipicio cuya profundidad es más de mil metros.

Hasta mediados del siglo XIX la isla Grossa tenía una impenetrable selva de encinas, brezos y acebuches, cubierta de una espesa garriga y de matorrales donde vivían infinidad de culebras y víboras. Hasta que un incendio, provocado hacia el 1836 por un marinero francés abandonado en ella, se propagó por todo este terruño. El fuego duró durante más de dos meses. Y dejó yerma y calcinada toda esta isla.

 “Allí, ¡en el horizonte!”.

La humareda se veía desde Vinarós. Parecía el humo de un volcán. Algunos pescadores señalaron que estaba ardiendo la isla de las serpientes. El “Centurión”, un vapor con matrícula de Sóller, destino Cette, procedente del Grao valenciano con una carga de naranjas, cambió su derrota, al otear la espectacular columna de humo. El humo que salía de su recién adquirido vapor, provocado por la combustión de la “máquina” que tenía en sus entrañas, parecía una irrisoria mignición de niño comparado con el humo que se divisaba por el horizonte. Aquello parecía el vómito de un dragón.

Antonio Teyà, el capitán del “Centurión”, se asustó. Hacía poco le sorprendió, navegando a la vela, cerca de Trapani, la explosión de la Pantelaria. Un volcán sumergido que emergió en aguas sicilianas en 1831. En aquellos años Sicilia pertenecía a una familia borbónica, y Toni Teyà, como buen menorquín, tenía una especial aversión hacia los Borbones, ya fueran franceses, ya depuestos, españoles o sicilianos. “¡Malditos Borbones sicilianos! Siempre tocando los cojones e irritando a los volcanes”.

Pero lo que Teyà contemplaba no era un nuevo volcán submarino en erupción, como en un principio creyó. Era la isla Grossa que estaba ardiendo.

 El loco Thierry

Desde hacía dos días, en la isla Grossa se encontraba abandonado, un pobre marinero marsellés, totalmente desquiciado. Era Thierry Descamps, que para evitar ser abrasado por el fuego, corriendo desesperado como un conejo, bajaba por la ladera de la isla, para alcanzar el mar y librarse del espeso humo.

El marsellés, al verse traicionado de nuevo por sus compañeros de navegación, en un ataque de ira decidió prender fuego e incendiar el islote. Thierry viajaba enrolado como piloto en la goleta francesa “Le Soir” del capitán Lecler, que decidió, debido su extraña conducta y violencia descontrolada, sedarlo con ajenjo y dejarlo abandonado en esta isla.

Cuando Thierry despertó y se vio sólo en aquel islote, rodeado de una impenetrable vegetación y de repulsivas culebras, le entró un indomable frenesí en donde, entre alucinaciones y borrachera, oía voces que le exigían matar a aquellos reptiles, que los veía como espíritus malignos que le querían abducir. Juró no dejar ni uno. Y en uno de sus arrebatos de éxtasis se le ocurrió quemar aquel lugar para librarse de estos endiablados duendecillos.

No era la primera vez que alucinaba con duendes y seres virulentos que el corroían el cerebro y perturbaban su alma. Thierry ya había sido abandonado en otras ocasiones por sus compañeros de tripulación cuando le sobrevenían alguna de estas crisis. Lo fue en el Puerto de Santa María hacia tres años. En Torrevieja, esperando un cargamento de sal. En Liorna, en Salónica y en Barcelona, hacia medio año. El Diablo no le dejaba. Le acompañaba siempre en forma de reptil. Y lo peor, era que sus compañeros, al comprobar que le entraban aquellas extrañas fiebres y delirios, se deshacían de él en el primer puerto donde escalaban. Pero, desembarcado, siempre encontraba un siguiente barco para poder ser embarcado.

Como decimos, no era la primera vez que lo echaban de abordo. La última, le ocurrió en Barcelona, cuando lo dejaron borracho en una puda del puerto. Fue en la Barceloneta, durante una calurosa tarde de julio. El Sol de tarde entraba de lleno en la estancia de la taberna, reflejando sus destellos, ya oblicuos y dorados del crepúsculo, en los vasos y los chorizos colgados al fondo del local. Hasta entonces siempre le habían abandonado en puertos. Esto le permitía volverse a embarcar. “Pero lo de Lecler ha sido imperdonable -rumiaba para sus adentros Thierry-. Dejarme abandonado en medio de un inhóspito islote es más de lo que una mala bestia puede aguantar. ¡Este viejo zorro me las pagará!”.

Aturdido por la paliza que le dieron antes de dejarlo en el fondeadero de la isla, ensombrecido por la luz vespertina, que se ocultaba detrás de la loma que desde poniente daba a la bahía, lo dejaron tirado en el pequeño malecón natural, salido del acantilado.

La noche fue fría. Algo húmeda. Multitud de serpientes rodearon el cuerpo semidormido del piloto abandonado. Compulsivo, vomitaba ácido de su boca. Las serpientes no se asustaban. Sintió asco, de sí mismo, de sus compañeros y de su vida. Y decidió prender fuego a las densas encinas que cubrían todo este territorio. No fue para calentarse. Fue como para alentar un fuego purificador, de sacrificio telúrico, casi un rito religioso.

Recordó su vida de fraile en Marsella y de cómo entró, por culpa de Pinaud, un antiguo compañero de navegación, natural de Arlés, a formar parte de la banda del Diablo. Su amigo arlesiano le introdujo en el Infierno. Conoció a Lucifer en el tugurio de Banel Rais, en Esmirna. Se deleitó con el humo, y cómo sabe el picor a opio, tras unas largas singladuras por mar. Con Pinaud aprendió a liberarse de la carga del ‘Dios Divino’, para entrar a formar parte de la corte del ‘Magnífico Satanás’. Pînaud, su gran amigo, conocedor de las artes ocultas, supo introducir a Thierry en el fantástico mundo del horror, pero lo dejó solo y abandonado en aquel puerto español de Cádiz, y allí se liberó de su pasado.

Reviviendo aquella noche de calor, de mujeres, de vino y rosas, en la bahía gaditana, se hermanó de nuevo con el Mal y no pudo liberarse de Él nunca jamás. Ahora, en este paraje desolado en medio del Mediterráneo, en un islote que ni siquiera sabía su nombre, se sintió otra vez rodeado por el fuego. Intentó refugiarse en una cueva que encontró en el extremo norte del islote, cerca de la línea de mar. No pudo. El colosal incendio bordeó al pobre diablo y ardió su cuerpo, quedando totalmente calcinado. Murió víctima del incendio que el mismo provocó.

El fuego duró semanas. La isla parecía incombustible. Durante estos meses nadie pudo acercarse a los Columbretes. Tras el incendio, no quedó nada. Ni rastro de vegetación. Thierry quedó calcinado, dentro de una cueva, y cubierto entre las cenizas y las piedras desnudas del campo quemado.

* * * * *

Veinte años después, unos militares del cuerpo de ingenieros, que estaban en la isla para estudiar la futura ubicación de un faro, encontraron, cerca de la cueva donde los contrabandistas de la zona guarecían sus matutes, los huesos petrificados de un cadáver. De los restos del esqueleto, curiosamente, de su coxis, salía una protuberancia, una excreción, como si de un pequeño rabo, de tipo caprino, se tratara.

Cuando fue analizado científicamente aquellos restos óseos, por un equipo de la Sociedad de Historia Natural de la Universidad de Barcelona, se dedujo que se trataba del esqueleto de un animal extraño y poco conocido, mitad hombre, mitad cabra, y que hasta la fecha solo se habían encontrado tres ejemplares en todo el mundo. Y todos en islas remotas. Uno en la isla Trinidade y otra en Miopiang".

Dibujo-esquema de la Grossa, elaborado por Viajes Columbretes (Castellón Virtual, S.L.)

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