#8 ¡¡¡Rutinaria navegación!!!, por Carles Rico
Juan March, buque insignia de Cía. Trasmediterránea
Sin duda, no en todos los viajes a bordo de un buque son motivo de aventura. Lo normal es que sea una experiencia rutinaria. La aventura siempre es excepcional. La mayoría de las singladuras a bordo de un barco, son, para sus oficiales y dotación, tan rutinarias como lo es un viaje de transporte para un camionero, o el trajín cotidiano de llevar pasaje en un taxi.
Los ferrys que unen islas o
puertos colindantes, suelen ser como tranvías o un tren de cercanías… La famosa
línea marítima que enlaza el puerto de Barcelona con el de Palma, antes
exclusiva de la Cía. Transmediterránea (ahora, tras la liberalización comunitaria
europea, cubierta por varias navieras) son un ejemplo de lo dicho, y tal como lo
relata Carles Rico en un recuerdo, reivindica que a pesar de que estos tráficos cuentan
con una finalidad y utilidad pública indiscutible, operan con una navegación normalmente
poco atractiva… Pero, ¡como ocurre siempre a bordo de un barco, a veces puede saltar
algún sobresalto!, o una sorpresa inesperada, que pocos son capaces de
reaccionar analiticamente. Así recuerda aquella singladura Carles Rico :
“… así fue como tuve ocasión de
probar cómo funciona esta rutinaria línea, embarcando tres meses en el Juan
March de Transmediterránea. Ello me permitió, en la etapa final de mis
prácticas de alumno, poder acudir a clase los días alternos en los que hacíamos
escala en Barcelona.
En aquel tiempo se navegaba
siempre durante la noche y un día era Palma y el otro Barcelona. Tan
pronto llegaba el barco a las ocho de la mañana, normalmente atracaba en el
muelle de Barcelona, frente el muelle de Atarazanas (hoy moll de les Dressanes) y provisto de mi cartera de estudiante, allí, caminando
por el muelle de Bosch i Alsina (hoy moll de la Fusta), me
incorporaba a las clases de la Escuela Náutica, ubicada en la Plaza Palacio
(hoy pla de Palau). Cuando salía al mediodía de la Escuela, iba de ‘visita
rápida a casa’ y después, 'vuelta bordo', para proseguir tan “variada ruta”.
Bien lejos de ser crítico con la función que realizan estos barcos, sí que estaremos de acuerdo en que se ven relegados a una rutinaria navegación. En mis tres meses de navegación con ellos tan solo recuerdo una única anécdota, si es que se puede llamar así, destacable, con motivo de una llegada a Palma.
Estábamos ya iniciando la
aproximación a la bahía de Palma, amanecía con algo neblina, cuando por
nuestra proa avistamos las luces de un barco sin dar sensación de gran tamaño,
destacando una luz intermitente anaranjada, (flare-up). Todos en el puente
daban su opinión sobre de que tipo de embarcación se trataría, cuando yo desde
un rincón se me ocurrió decir que era probable se tratara de un submarino, a
lo cual no se me dio ninguna credibilidad.
Al poco tiempo, a nuestro costado vimos cómo nos cruzábamos con un submarino americano. Jugué con ventaja ya que en nuestra escala anterior en Palma había visto un submarino amarrado en el muelle de Porto Pi, y lo recordé, así como recordé la normativa de luces de navegación se refería a que ellos podrían añadir una luz centelleante con la que llamar la atención, y no como trato preferencial. Mis compañeros de puente, todos viejos lobos de mar, no cayeron en que esas luces podrían ser de aquel moderno submarino norteamericano”.
Una anécdota que evidencia lo
poco emocionante que eran estas rutas de ferry y que solo se hacían relevantes
cuando existían verdaderos temporales marítimos en el mar Balear.


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