#10 ¡¡¡No somos supersticiosos…!!!, pero por si acaso…, por Carles Ramos

 

No es baladí el tema de las supersticiones en el mundo de los marinos.

Por muy escéptico que sea uno, además de descreído, agnóstico, ateo y racionalista, un individuo que conozca a fondo el mar, los barcos y el valor que supone el viaje, no se desprende de una profunda y oculta huella, -olvidada en su subconsciente más profundo de su personalidad- que nos une con el oscuro terreno de lo irracional.

La superstición nos viene por las creencias telúricas de que estamos condicionados por fuerzas inexplicables de la naturaleza y que dependemos de ellas, para bien o para mal. ¡Siniestra suerte que no dominamos y que nos obligan a realizar determinados ritos para desactivarlos o de disponer de objetos o realizar curiosas acciones que neutralicen la desgracia que nos puede acarrear, si no seguimos unas liturgias predeterminadas!

Carlos Ramos, oficial de la marina mercante, gerente de un club deportivo náutico, regatista y navegante de crucero de vela en activo, describe magistralmente este sentimiento entre los marinos, en una divertida reflexión:

"...pero haberlas..., haylas"

“Por todos es conocida la fama de supersticiosos que tenemos los marinos.

Yo aquí simplemente voy a hacer mía la tan conocida expresión del gallego cuando se le pregunta si cree en las meigas y contesta que 'creer non creo, pero haberlas..., haylas'.

Ya cuando un barco inicia su vida puede quedar marcado como gafe para siempre. La botadura de un barco equivale a su bautizo. La costumbre de romper una botella de champagne contra el casco tiene su origen en la antigüedad, cuando se vertía vino tinto en la cubierta como libación a los dioses del mar. Mal augurio para aquel barco al cual no se le rompa la botella de champagne a la primera. No me gustaría nada estar a bordo de un casco al que no se le ha roto la botellita de marras a la primera. Los vikingos hacían esta ofrenda con la sangre de algún prisionero sobre cuya espalda arrastraban el barco al bajarlo al mar.

Foto: Juan Carlos Cilveti Puche (Málaga Marítima)

El nombre del barco también es importante. Los armadores de épocas pasadas intentaban evitar aquellos relacionados con el fuego, los relámpagos o las tormentas, ya nos podemos imaginar por qué. Algún armador, no ha mucho, bautizó sus barcos con nombres de vientos, que no de brisas, y no precisamente vientos bonancibles, (dígase cierzo, mistral, etc.), ya explicaré otro día nuestras vicisitudes a bordo del cierzo (maldito nombre). Según algunos, no se debía cambiar nunca el nombre del barco, aunque entre los piratas era práctica habitual. Hoy en día, para muchos, sigue siendo un mal asunto cambiar de nombre al barco.

El fuego de San Telmo, esa luminiscencia en forma de penachos que aparece en los extremos de los palos del barco bajo unas determinadas condiciones atmosféricas. De él ya hablan escritores griegos y romanos. Si se presenta en forma múltiple, se le considera como un buen presagio, mientras que si es uno solo (los griegos le llamaban Helena) era un mal augurio. No obstante, antiguamente, en algunas zonas se creía que si iluminaban a un marinero este moriría antes de que pasaran 24 horas. Tuve la suerte de contemplar este fenómeno atmosférico en una guardia de 04.00 a 08.00 y todavía recuerdo al timonel, de La Puebla del Caramiñal, con la cara desencajada y pidiéndome permiso para ir al lavabo.

Mal fario para las flores y los paraguas

A bordo se considera que traen mal fario las flores y los paraguas. Me da grima ver como con tiempo lluvioso, de todas las embarcaciones de recreo que hay en puerto, salen sus tripulaciones muy ufanas con el ‘paragüitas’ hacia tierra. ¡Dios nos coja confesados! También entregar una bandera a alguien a través de los travesaños de una escalera.

Los curas y las monjas también suponen una presencia funesta. Y no es broma. Aseguro que estando embarcado en ferrys, los peores temporales, los hemos pasado cuando entre el pasaje llevábamos algún cura o monja. Realmente, ver una sotana o un hábito a bordo.... pone la piel de gallina.

Pero con independencia de su nacionalidad o condición, cualquiera tiene prohibido silbar a bordo, esta actividad puede despertar a los vientos y provocar un temporal. Añadamos esto a la presencia de un cura o monja, no hay más comentarios.

Los difuntos tampoco son pasajeros apreciados. A nadie le gusta transportar un ataúd en su barco, recordemos que los marinos que morían en alta mar eran arrojados al océano envueltos en una mortaja de lona con una bala de cañón dentro, (hoy en día acaban en la cámara frigorífica) y la última puntada que cosía la mortaja atravesaba la nariz del fallecido, para que su fantasma no persiguiese al barco. Los ataúdes constituyen una mala carga incluso vacíos.

Las malas ideas de algún contramaestre haciendo limpiar la campana y que esta brille como una patena. Horror, la campana debe de estar llena de salitre y óxido, ¿por qué llamamos al mal tiempo?.

Podría seguir dando más ejemplos, pero ya para terminar, simplemente, recordar a aquellos marinos a los que la casualidad.... o no, ha convertido en verdaderos gafes casi profesionales y de los que nos hemos tenido de guardar, cuando embarcaban, con ristras de ajos colgados del cuello y colocando ajos estratégicamente repartidos por todo el barco, sobre todo en el puente y sala de máquinas”.


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