#11 Cala Culip, ¡¡¡Refugio de naufragios!!! por Carlos Petrel

 

Los romanos navegaban en frágiles y minúsculas naves de 10 metros de eslora. Esto es lo que deducimos por los restos de un pecio encontrado en la costa  de Cadaqués. Lo que viene es la historia, contada en un artículo aparecido en la revista náutica Mediterránea, sobre primer pecio estudiado metódicamente y de forma científica en la costa catalana. En unos años -en enero de 1995 se publicó el artículo- cuando esta práctica aún era una novedad e informar sobre ello, una originalidad. Este es el escrito, firmado por Carles Petrel, ‘alter ego’, seudónimo, alias, o ‘nike’ de Angel Joaniquet: 

 “Abierta al enfurecido Golfo de León, se encuentra una ensenada de nombre Cala Culip donde las tramontanas y los provenzales, -estos vientos temidos por todo buen navegante- se ceban sin piedad en la península de Cap Creus.

Una historia recurrente en esta zona del mar d’Amunt… Ya sucedió en 1884 con el motovelero mercante inglés Boxhill, aunque los cronistas insisten en que quien ocasionó la desgracia a dicho buque fue el exceso etílico de su oficialidad y no el temido viento del Norte. Los naufragios en esta zona se han sucedido a lo largo de los siglos. Pero del primero del que tenemos constancia, por su lejana cronología, es uno de siglo I de nuestra era, el que los arqueólogos han denominado como Culip IV.

Vista de cala Culip desde tierra Foto: Ladeus -Visitar la Costa Brava-
Debido a su especial configuración geográfica, dicha cala, que parece un perfecto refugio marítimo si los vientos proceden del Sur y del Oeste, pero que se ha convertido en una trampa mortal para los buques que han intentado refugiarse de las tormentas del Norte o de Levante. Con la apariencia de un perfecto puerto natural, se convierte, en circunstancias habituales de mal tiempo, en una lengua de agua que arrastra a los barcos contra las rocas del fondo de la bahía, sobre todo en los cambios de equinoccio i solsticio.

El arqueólogo Miquel Cardalda, nos explica la historia y recuperación submarina de uno de estos naufragios. Concretamente el más antiguo de todos ellos. Un pecio romano, hoy totalmente estudiado y que se denomina Culip IV, una nave del s.I de Nuestra Era, que tenía como puerto base Narbona, importante ciudad romana, y que realizaba tráfico de cabotaje por el Levante ibérico y la Bética. Parece ser que tuvo el infortunio, cuando estaba a punto de alcanzar su puerto de destino, Narbona, de embarrancar, superado el cabo Creus, después de realizar su recorrido desde el Sur de la península Ibérica, donde estibó una carga de aceite que transportaba.

Sin lugar a dudas, la inevitable Tramontana, obligó a la nave a tal infeliz desenlace.

‘Hace ahora quince años, un equipo de arqueólogos del Centro de Investigaciones Arqueológicas de Girona, dirigido por Javier Nieto, descubrió los restos de un navío en la Cala Culip, que "a priori" se encontraba en muy buen estado de conservación’, nos cuenta Cardalda.

 ‘El barco parecía haberse hundido hacia el año 75 de nuestra Era y su cargamento constaba de unos cinco mil litros de aceite de la Bética y unos cuatro mil vasos de cerámica, originarios también de esta zona’.

El trabajo de la expedición arqueológica, consistió, en la prospección meticulosa de la ensenada de Cala Culip. ‘El fondo estaba -nos dice Cardalda- recubierto por el conocido tipo de "alga" llamada  Poseidonea oceánica, muy común en el Mediterráneo. Con una barra de acero y aire a presión se comprobó el fondo marino, gracias a la dispersión, provocada por las burbujas de aire, para delimitar y posteriormente poder dibujar los restos encontrados del pecio. En primer lugar se procedió a la extracción de las raíces de las "poseidoneas" para dejar libre el fondo marino, descubriéndose bajo una fina capa de arena los restos de la embarcación y de su cargamento. El cargamento consistía en centenares de ánforas y vasos de cerámica. Por la forma como estaba colocada la carga, permitió saber de qué puerto procedía y deducir, de esta manera, la probable ruta de la nave’.

También aparecieron 42 lucernas (pequeñas lámparas de aceite), procedentes de Roma, puede que para uso interno de la nave.

La nave transportaba asimismo 80 ánforas andaluzas con una capacidad para almacenar unos cinco mil litros de aceite.

Sobre la nave, o mejor decir el pecio en cuestión, ha sido denominado como Culip IV. Cardalda nos comenta que ‘en la construcción naval romana se utilizaban clavijas y pestañas de madera y no de hierro, para las uniones de los forros de las naves. Estas clavijas y pestañas eran siempre de una madera más dura que la de las tablas del forro. En el caso de Culip IV el forro era de pino y las clavijas de olivo’.

Del Culip IV se conservan pocos restos de madera, debido a la labor del Teredo navalis, una especie de crustáceo que se come la madera. El Culip IV era una embarcación de unos diez metros de eslora y unos tres metros de manga. Era capaz de transportar una carga de unas ocho toneladas.

Respecto la tripulación que iba a bordo de la nave, poca cosa se sabe. ‘Entre los restos se encontró una gran caracola agujereada, que parece ser hacía las veces de bocina de señales. También se puede deducir -nos dice Cardalda- que realizaron el viaje a principios de verano, por los abundantes restos de huesos de melocotón encontrados y que debieron comer durante la travesía. Les debió coger el típico e imprevisto temporal de Sant Joan’, dice sonriendo, ‘tan típico en esta época’.

Carlos Petrel

P.D. El Culip VI

Mientras se ejecutaban las tareas arqueológicas en el Culip IV, aparecieron fragmentos de cerámica vidriada medieval. Finalizado el trabajo en el Culip IV se realizaron tres sondeos a 15 metros de este. En el nuevo yacimiento cercano se constató lo que se sospechaba: era otro resto de un pedio. Lo denominaron Culip VI. Era en el año 1987, durante la campaña de excavación del pecio romano. Los nuevos restos evidenciaron que se trataba de un buque de madera de una nave medieval y varios fragmentos de cerámica vidriada. Las excavaciones permitieron determinar que se trataba de un barco que realizaba una ruta comercial desde el norte de África, pasando por Mallorca, hacia algún puerto del Golfo de León como podría ser Colliure, Narbona, Montpellier o Marsella. Su cargamento estaba formado principalmente por cerámica vidriada musulmana de diferentes formas y funciones (platos, cuencos, jarras, botellas, barreños, lámparas, tapaderas, etc.) pero los elementos asociados a la tripulación son de origen catalán o lenguadociano y la madera con la que se construyó la embarcación provenía de los pirineos orientales.

El hallazgo contenía una gran cantidad de restos de alimentos, tanto de huesos de fauna (ovicápridos, bóvidos, aves, conejos y cerdo) como vegetales (almendras, nueces, lentejas y algún hueso de melocotón) lo que permitieron aproximarnos a la alimentación a bordo del barco por parte de la tripulación. La madera del casco del barco se encontraba en buen estado de conservación, lo que posibilitó poder realizar estudios muy precisos sobre la construcción naval del barco. Todo esto nos lo dice la arqueóloga Anna Jover.

Dibujo de la costa de Cap Creus con la cala Culip arriba de la imagen, la primera gran cala al NW del cabo, superada la isla Encalladora (ilustración extraída del libro derrotero Guía Náutica de la Costa Brava, publicada por Skipper Difusión Náutica, de Enrique G.Curt


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