#15 ¡¡¡Se nota quien ha embarcado!!! por Carles Ramos

 

El tema de los gafes en el mar es recurrente. Supersticiones y leyendas forman un imaginario colectivo entre marinos y marineros que recrean la figura del gafe, que no es otra que la de una persona que trae mala suerte a bordo.

Los infortunios y los problemas, el mal rollo en un barco son atraídos  en muchas ocasiones, como el imán atrae al hierro. Y sus responsables son unos personajes que causan, solo por su presencia, naufragios, tormentas, incluso fallecimientos, en la aventura marítima. Dicen que solo los ajos pueden prevenir los males que emanan estos individuos.

Un ejemplo claro de este fenómeno es la figura que encarna al guardamarina Hollon en la película Masters & Commander. Y los más clásicos y conocidos casos de gafería marítima son los provocados por el profeta Jonás o el apóstol Pablo, que atrajeron, en la lejana antigüedad, desgracias inasumibles en los barcos donde estaban embarcados, y hasta que no ‘se desprendieron’ de ellos, la tragedia planeó sobre sus naves.

Transcribimos una anécdota de Carles Ramos sobre gafes, escrita en su blog  Mar de proa en el año 2009:

“¡Quién no ha tenido un episodio en su vida que no le ha hecho pensar que realmente es un gafe! De gafes, los hay minúsculos, mayúsculos y superlativos.

El gafe minúsculo es aquel, cuyo mal fario es realmente inofensivo y hasta podríamos decir divertido. Creo que en este grupo estamos el 90% de los mortales.

El gafe mayúsculo es aquel cuya mala suerte comienza a ser preocupante para cualquier hijo de vecino y andar en sus proximidades puede resultar incómodo y quizás arriesgado.

Pero el superlativo es aquel al que hay que dar un resguardo de más de 100 millas, porque aquello que crees que ya no puede pasar, eso precisamente, es lo que ocurrirá. Es altamente peliagudo y difícil de evitar. Y sobre todo si estas a bordo de un barco. El gafe marítimo puede ser realmente peligroso.

Recuerdo, allá, en la década de los 80 y poco antes de salir del puerto de Palma destino a Barcelona, se procedió al relevo en el mando del buque. Se cambió al antiguo capitán titular por otro, el cual era conocido por una aureola siniestra, que lo acompañaba y con un largo historial de hechos curiosos e imprevisibles, por llamarlo de alguna manera amable y poco vejatoria.

Conocedora la dotación del barco del halo del nuevo personaje, en previsión de posibles males en aquella primera singladura con el nuevo capitán, colgamos cabezas de ajo en los lugares estratégicos del barco (puente, sala máquinas, TSH, etc.) para intentar paliar los terroríficos campos magnéticos negativos que irradiaba aquel hombre.

Por si esto fuera poco, la oficialidad del barco, optamos por colgarnos en nuestros cuellos, una ristra de ajos en el momento de su recepción a bordo.

¡Pueden ustedes imaginar los comentarios del nuevo capitán, al embarcar y encontrarse desde el 1er Oficial hasta el alumno en prácticas, una la ristra colgada del cuello!

                                                             *,* * * *

Una vez efectuado el relevo y tomado el mando por el nuevo capitán a la hora prevista iniciamos la maniobra de salida de Palma hacia Barcelona. A la hora y cuarto aproximadamente de la salida de puerto, a la altura de la Isla Dragonera, notamos una fuerte y rápida escora a estribor y una importante reducción en las vibraciones, que hacían presagiar una gran disminución de las revoluciones de los motores. Al momento, sonó el teléfono desde el que el oficial de guardia nos comunicaba que el timón se había ido todo a estribor y que el servo no obedecía, habiéndose quedado todo el timón a la banda y que no conseguía llevarlo a la vía, por lo que había parado el giro de las hélices.

Rápidamente nos dirigimos al puente. Por el camino me encontré con el capitán relevado, el cual viajaba en calidad de pasajero, y al preguntarme que qué pasaba, solo tuve tiempo de decirle: ‘¡ya empezamos...!’

Al comprobar que desde el puente era imposible mover el timón, junto con el 1er oficial de máquinas y un timonel decidimos desplazamos al local del servo, para intentar arreglar el problema.

Después de varios intentos infructuosos, y de consultar con el capitán, procedimos a activar el sistema manual de emergencia del timón, que consistía en manejar el timón desde el local del servo, situado en popa y bajo la flotación, con un repetidor de la giroscópica, comunicación con el puente mediante un teléfono autogenerado y con mucha fuerza en los brazos, ya que la rueda actuaba casi directamente sobre el macho del timón y la resistencia solo era desmultiplicada por dos cilindros hidráulicos.

¡¡¡Solamente nos quedaban unas 100 millas hasta Barcelona!!

Una vez estabilizada la operativa manual, navegamos de esta manera hasta Barcelona, relevando al timonel cada dos horas, y siempre acompañado por otro timonel. No quiero recordar lo incómodo que era gobernar aquel barco desde el local del servo (ruido, poca ventilación, luz artificial, temperatura, olor, movimiento, etc.), durante más de seis horas.

* * * * *

Por fin alcanzamos la bocana de puerto de Barcelona. La teníamos a unas 15 millas (algo menos de una hora). Cuando de repente se cerró en niebla. ‘¡Fantástico, -pensamos todos- gobernando desde el servo y cerrados en niebla!‘

Nos comunicamos, desasosegados, con los prácticos del puerto de llegada que nos informaron que la niebla era muy persistente y la visibilidad en puerto no alcanzaba los 15 metros. Resignación total y absoluta… y para mar adentro.

Cuando pudimos entrar ya a puerto, y para acabar de redondear esta azarosa singladura, tuvimos una inoportuna momentánea del cuadro eléctrico. ¿¡Quién da más!?

Después de todas estas circunstancias, por fin pudimos amarrar, sanos y salvos, y con el convencimiento de que ni la sarta de ajos habían podido librarnos de semejante gafe.

El capitán saliente, nos vino a ver al puente para despedirse y en voz baja me dijo al oído, afirmando: ¡se nota quien ha embarcado…!!!”


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