#14 ¡¡¡Transportanto refinados!!! por Carles Rico

 

Este relato de Carles Rico forma parte de una reagrupación de varias narraciones sobre su experiencia como marino, que en plena pandemia de la Covid-19 reunió varias narraciones, algunas publicadas en otros medios (Panorama Náutico) y que tituló en abril del 2020 como ‘Menú de Navegación’. Los escritos engloban cinco relatos, agrupados siguiendo el protocolo de una comida tradicional, es decir, un banquete donde se sirve un opulento entrante, dos contundentes platos, para finalizar con un apetitoso postre y un sustancioso café.

Desde nautas&commanders ya nos hemos hecho eco de dos de ellos: el primero, una serie que titulamos ¡¡¡Viva Suecia!!! [ ver en #2,#3 y #4] y que corresponden al primer plato del menú y otro que bautizamos como ¡¡¡Navegación rutinaria!!! [ver en #8] que corresponde al colofón de este ágape, es decir el turno del café, la copa y el puro.

Lo que vamos a leer a continuación, manteniendo el orden de los platos de este menú de navegación, sería lo que Rico califica como 'los postres' y narra lo que para él representa una buena y cómoda navegación, propia del cabotaje doméstico, que lo identifica, ¡como no podría ser de otro modo!, por el título que tiene el relato en su manuscrito original, ‘Postre: embarques de C.A.M.P.S.A.’:

Campurdan, petrolero de C.A.M.P.S.A.

“Llegados a esta parte del ‘menú’, vamos a echar mano de algo suave y ligero como puede ser una navegación de cabotaje.

Para ello nos servirá un periodo donde estuve embarcado para la compañía C.A.M.P.S.A., con barcos muy solicitados entre los profesionales de la mar, por su ruta de proximidad entre puertos de la Península, Baleares y en ocasiones a Canarias. Además, en su mayoría, eran buenos barcos. La parte menos grata de estos viajes era que los pilotos que recién se incorporaban a la Compañía, constantemente estában siendo trasbordados de un barco a otro de la compañía, con el objeto de ir cubriendo los relevos entre las plazas de segundo y tercer oficial de los buques.

Por esto, a este periodo lo voy a vincular a los postres del menú. Se trataba de una navegación de cabotaje, muy placentera y apetitosa (como todo postre), cuya función era la de repartir los combustibles a lo largo de la costa española, a partir de las refinerías de Escombreras (Cartagena - Murcia), Castellón y ocasionalmente Tenerife.

Campeador, petrolero de C.A.M.P.S.A. 

El título habla de ‘embarques’, ya que aquellos que nos incorporábamos a la Compañía, nos veíamos obligados a cambios constantes de barco para suplir plazas de segundo y tercer oficial, lo cual suponía no poder hacerse a la ‘vida’ de cada barco. La flota la formaban, entonces, un total de 40 barcos. Los productos de transporte eran diésel, fuel y keroseno (JHP4) y más tarde hubo asfalteros.

La edad de los barcos muy diversa. Algunos habían sido construidos en los años treinta, pero los mas modernos ya eran de la década de los 60's. En cuanto a las singladuras a cubrir, comentar que el caso más extremo, en cuanto a ‘viaje corto’ era el trayecto Castellón/Valencia. Una vez iniciada la salida y tras dar aviso a la máquina del ’listo de máquinas’, (para proseguir ‘toda avante’), en tres horas y media ya estábamos llegando a las proximidades de Valencia dando aviso  de ‘atención a la máquina’. Podía darse el caso que aparte del oficial que le correspondiera estar de guardia, algunos otros permanecían en el puente, dada la inmediata llegada a puerto. En contraste con esta ‘prolongada estancia en la mar', el tiempo de tierra sería en la carga en Castellón unas 20 horas y en la descarga en Valencia podía llegar a los dos días. ¡Un viaje de algo más de tres horas en la mar para casi tres días en puerto! es comparable a un ‘sanatorio’. ¡Quien da más...! En Castellón, la carga se realizaba mediante un pantalán que formaba una isla en mar abierto, aunque cerca de la costa.

La maniobra de atraque obligaba a dar unas amarras que se daban a la banda contraria en la que teníamos la isla. Dichas amarras eran unos gruesos cables, los cuales con sus correspondientes pinchos de los alambres, eran de un manejo bastante peligroso. Su función era mantener el barco separado de la isla una cierta distancia ya que los inevitables balances hacían impensable mantener el barco pegado al muelle.

En cuanto a las 'singladuras largas', la destacada era la de Canarias. Allí, era el único ‘otro lugar’ donde recuerdo haber amarrado a un muelle en mar abierto. Fue en la refinería de Santa Cruz de Tenerife, situado a lo largo de la costa algo más hacia el Sur y no era una pilona-isla sino que amarrábamos en unos pontones que llamábamos “duques de alba”. Hay que decir, que el viaje a Tenerife solía ser algo excepcional.

Pantalán para petroleros en Santa Cruz de Tenerife, con duques de alba (foto: Pepe Marrero)

Algo que puede dar idea del ambiente civilizado de a bordo en estos buques de la Compañía nos lo dice cómo funcionaba un ‘office’ que estaba situado junto a la cámara de oficiales. Allí en unos armarios y la nevera se podían encontrar diversas bebidas y conservas. En el mamparo había una lista de precios. El pago se debía hacer mediante un bote de cristal en el cual se procedía a depositar el importe de nuestra visita. No me diréis que era todo un ejemplo de convivencia. A cierta hora de la noche tener esta opción era todo un lujo.

Por lo que se refiere al trabajo en cubierta, éste, básicamente, corría a cargo del primer oficial y el ‘bombero’ (especialista en bombas). Los demás, poco nos enterábamos de cómo el barco se llenaba o se vaciaba.

Los periodos de vacaciones tenían un mejor trato con relación a otras navieras del momento. Lo habitual en aquellos años -finales de los sesenta- eran disponer de 30 días de vacaciones al año, cuando en tierra para aquel entonces eran 20 días. En los buques de C.A.M.P.S.A., por una maniobra de compensación de las horas extras, este periodo era 45 días.

Con relación a este tema de vacaciones, haré referencia a casos en los que algún tripulante, sobre todo subalternos, permanecían en los barcos dos y tres años sin aparecer por casa, al efecto de acumular un periodo vacacional más atractivo. Pues bien, cuando éste, habitualmente ‘gallego’, llegaba a su casa, con frecuencia se encontraba con un ‘menino’ (bebé). El tema no tenía mayor trascendencia. No obstante, aquel que estaba tan largos periodos a bordo de un buque, era un claro candidato a la ‘bebeda’, ¡perdón!, a la bebida”.

(Fotos: Museu Marítim de Barcelona y Puente de mando - J.C. Díaz Lorenzo)

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