#18 Angus Primrose ¡¡¡desaparecer en el mar!!! -1- por Angel Joaniquet

Iniciamos un relato de Angel
Joaniquet, donde se recrea el ambiente reinante en el entorno en que se
organizaban las famosas regatas trasatlánticas en solitario, que tanto furor y
admiración generaron entre los aficionados a la náutica a partir de los años 60
del siglo pasado.
La narración, titulada "1980: Isla de San Borondón, el
último viaje del Demon" y publicada en su fanzine "Islas
Mágicas", tiene como leiv motive la misteriosa isla de
San Borondón, (Saint Braman para los gaélicos y anglosajones). Una isla
fantasma, para unos santa, para otros, demoniaca, que aparece y desaparece a
discreción, en medio del Atlántico.
Esta es la historia donde se narra cómo una isla imaginaria
condicionó a unos personajes enamorados del mar. En un desenfadado entorno
ficticio, un personaje real toma un protagonismo especial. Este es el de AngusPrimrose, arquitecto naval y navegante empedernido. Fue un icono admirado como
relevante arquitecto naval, diseñador creativo, y excelente navegador. Selecto
personaje, se codeaba con la crême de la crême de la alta
sociedad británica, pero en el fondo fue un bohemio estructural y un aventurero
nato. Este es el relato:
Año 1980
Isla de San Borondón: el último
viaje del Demon
“La isla de San Borondón es un
espacio mítico. Casi se podría decir que mental. Por ello no tiene unas
coordenadas geográficas precisas. Dicen que forma parte de la Macaronesia, al
sur de las Azores, alejada a más de 180 millas de Maderia y los islotes
Salvagens y al oeste de Canarias.
Puede confundírsela con alguna de
las Bermudas ocultas, si miramos hacia el Oeste. Lo cierto es que es una isla
que solo existe en la mente de marinos que han sufrido momentos de dificultad
en sus travesías atlánticas. La octava isla canaria ha estado observada por
multitud de ellos, desde piratas a marinos del rey, desde mercaderes a clérigos
escépticos y cuando la han querido reencontrarla, se encuentran que ha
desaparecido de la longitud y latitud que creían que tenían marcada. Hay
registradas una gran multitud de observaciones de esta isla, que no es isla,
sino efluvio mental de calenturientos observadores. En parte es un fenómeno atlántico heredero de
la tradición griega y mediterránea. Como las siete Afortunadas, Thule, la
Antilia, Mano Saxtania, Brasil, Cibola, las Hespérides, las Górgadas, la misma
Atlántica, surgidas del pensamiento jónico y dórico. Pero la de San Borondón
brota de una idea celta y cristiana. Y como todo lo celta es móvil, ambiguo y
ambivalente. Aparece y desaparece. Es la Non Trobada, la Inaccesible, la
Encubierta, que incluso figuraba en cartas y atlas de siglos pretéritos,
convencidos de su existencia. Es gaélica. La isla es el monasterio flotante del
irlandés San Brandan, venerado santo, conocido en el archipiélago canario como
San Borondón.
Aquel año de 1980 marcó de forma
especial la vida de Jane. Esta chica de 16 años, aficionada a las ciencias
ocultas, seguidora de cultos celtas y de las leyendas atlánticas, decidió
abandonar a su desestructurada familia y su congestionada casa en el suburbio
londinense de Redhill, lugar en el sur de la metrópoli, barrio conocido por su
real manicomio para idiotas y por sus yacimientos de arcilla, barro y magnesio.
Su intención fue la de descubrir mundo y encontrar los placeres de la vida.
Acompañada de su amiga Dorothy,
una aficionada al mar y con ganas de conocer a alguien con el que pudiera
navegar, y seguidora también de las aficiones esotéricas de Jane, y
consumidoras habituales de hierbas psicotrópicas y pastillas alucinógenas, se
acercaron al puerto de Plymouth, para dirigirse al emblemático Royal Western
Yacht Club, donde se celebraba la fiesta de despedida de los participantes en
la regata en solitario por el Atlántico, conocida como OSTAR.
No les fue difícil colarse en el
selecto club. El jolgorio que se respiraba en el entorno portuario, ayudado por
el “gin” repartido sin discreción entre los asistentes, el ambiente de fiesta
que se palpaba en todos los rincones, promovía una velada abierta y distendida
en el exclusivo local. El club fundado en el lejano año de 1827 como Port
Plymouth Royal, tal como informaba un folleto, encabezado por la corona
imperial y un draconiano pescado muy alegre que anunciaba la regata atlántica,
era una perfecta simbiosis de taberna londinense y club de Chelsea. El club
situado en el West Hoe Baths, ocupaba un edificio que había sido inaugurado por
el príncipe Felipe, duque de Edimburgo, en 1965.
Dorothy y Jane entraron sin excesivos problemas. El conserje de la entrada, tenía orden de no importunar a los acompañantes de los regatistas y no objetó nada al respeto cuando vio entrar a esta pareja de guapas muchachas, muy seguras de sí mismas y que parecían que penetraban al local como si formaran parte de la fiesta.
La sexta edición de la regata
OSTAR de 1980, convocó en el welcome party de despedida una nutrida
presencia de periodistas, autoridades navales británicas, personalidades del
deporte de la navegación, así como una multitud de amigos y familiares de los
participantes en la aventura atlántica. Personas de todas las nacionalidades
compartían alegremente y se mezclaban en las pequeñas instalaciones del club.
Era la regata más importante de la vela trasatlántica en solitario y en esta
edición reunía una gran cantidad de participantes. El evento había desbordado
todas las expectativas. La prueba náutica consistía en partir desde este
puerto, en el Sur de Inglaterra para dirigirse a un puerto norteamericano. En
este caso, el embarcadero de Newport. El éxito de convocatoria era total.
Aventureros de todo el mundo náutico se habían apuntado en esta edición, que
hacía 20 años inició un grupo de amigos aficionados de la navegación oceánica y
a la aventura marítima. La ruta
recomendada, en regata, es decir en llegar lo antes posible al punto de
llegada, era la que enfrentaba a los solitarios navegantes con las borrascas de
cara. Un largo viaje marítimo en ceñida, que abrieron para el mundo de la
navegación los carismáticos navegantes británicos Francis Chichester y el
comandante Blodie Hasler. Con el apoyo incondicional del diario The
Observer y del comodoro del club, Wilston Churchill, aquí fue en el año
1960, cuando partieron de este mismo lugar cinco embarcaciones, cuatro de ellas
de solo 25 pies, con el objetivo de materializar este objetivo, de cruzar el
Atlántico, contra las borrascas y los vientos predominantes del Oeste, en esta
parte del océano y hasta antes nunca realizado, en una competición a vela.
En aquel lejano 1960, el reto de
estos navegantes pioneros, era abrir esta nueva regata, y también acertar en la
buena ruta a seguir. La ruta Norte era complicada, pues tenía todos los vientos
dominantes y la corriente en contra. La ortodrómica, siguiendo una latitud más
alta, era la más corta, pero también era enmarañarse contra los potentes trenes
de frentes de lluvias atlánticos y a la corriente del Golfo en contra. Era una
ruta irracional. La lógica para llegar a América, era seguir la ruta del Sur,
pasando por debajo de las islas Azores y después subir hacia el NW. Sin lugar a
dudas era la más cómoda, por tener a favor los vientos portantes, pero,
también, era la más larga en cuanto a millas a recorrer. Al final quienes
optaron por las rutas del Norte fueron quienes consiguieron el triunfo,
quedando establecida, para el futuro, en cómo sería esta regata en su próxima
edición, que quedó institucionalizada con aquella arribada y que se realizaría cada cuatro años.
El viejo Chischester
El primero en cruzar la línea de
llegada en aquella primera edición de la prueba en 1960, con Nueva York como
puerto de arribada, fue el propio Chischester. Realizó su travesía en 40 días y
medio. Lo hizo a bordo del Gypsy Moth de 40 pies, por la ruta Norte ortodrómica,
enfrentándose a las borrascas atlánticas del Oeste y navegando en un
interminable descuartelar. El último en
llegar, fue quien optó por la ruta Sur, es decir virando por las Azores a
estribor e intentar remontar el océano con los Alisios, y subir después por la
costa Este de Norteamérica. La cubrió el francés Lacombe en nada menos que 74
días. Con aquella edición quedó evidenciado que la ruta correcta para realizar
esta regata, se tenía que hacerse por el Norte, contra viento, corrientes y
borrascas. Y en yates ceñidores".
(continuará…)



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