#35 ¡¡¡El final del naufragio!!! por Angel Joaniquet

 

Truculenta narración del fanzine "Islas Malditas" de Àngel Joaniquet. En este relato se narra la historia de un naufragio en el océano Índico, ambientado en el año 1936. ‘El fin del mundo está en la isla Rodrigues’ es el título de este cuento terrorífico, que como en todas estas narraciones de su fanzine lo inicia con una somera descripción geográfica de la isla, un poco de su historia y del ambiente moral que se respiraba en ella:  

Año 1936

El fin del mundo está en la isla Rodrigues

“La isla Rodrigues (algunos españoles insisten en llamarla Rodríguez) está en el océano Indico suroccidental (19º43´S / 63º25’E). Es una isla de forma circular, protegida por un potente arrecife, con una orográfica realmente compleja, con numerosos valles de barrancos que caen al mar y que nacen a una altura que no supera los 400 metros sobre el nivel del mar. 

Mal fondeadero natural, y de difícil acceso por mar, oficialmente fue descubierta a los ojos occidentales en 1522 por Diogo Rodrigues, pero 15 años antes ya fue visitada por Xoan da Nova, un navegante gallego al servicio del rey de Portugal que ya fondeara en islas como la de Santa Helena, la de Asunción, ambas en el Atlántico, y en varias islas del Indico Sur, como la susodicha Rodrigues, a la que llamó A Galega.

Si bien fueron los portugueses quienes ubicaron en el mundo de la geografía europea este enclave, se debe a los hugonotes de la región marítima de la Charente quienes la convirtieron en una isla con una realidad histórica y, ¡como no! al novelista, premio nobel britano-provenzal, Jean-marie Le Clezio, quien la recreó como hecho literario, inventado novelas paradisiacas, inspiradas en las vivencias de su abuelo Alexis. Ahora Rodrigues es una realidad turística, codiciada por impulsivos aficionados en contemplar, con ojos de besugo, el mundo submarino, y por los amantes del windsurf, gracias a sus fuertes vientos y aún más por los fanáticos del surf, debido a la corona de arrecifes que rodean la isla y que la convierten en un lugar excepcional para encontrar la ola mágica y realizar la mejor planeada. A ella, también siempre llega algún navegante perdido, que se topa con la isla en su travesía por el Índico, como fue la arribada, en la década de los años treinta, del velero Fisterra del patrón gallego Pedro Novoa, devorado, en acto de canibalismo, por su compañero Pepote Pedrales.

* * * * *  

La ola batió a la embarcación contra el arrecife. El Fisterra quedó destrozado en el escollo. La balandra que resistió temporales, hielos, borrascas indomables y olas de más de ocho metros, navegaba sin gobierno desde hacía semanas. Arremetió contra una isla, en medio del océano y éste fue el final de su viaje. No pudo con el rompiente coralino. Los lugareños, avistaron la embarcación que se acercaba con lentos balanceos hacia la punta Mapous.

Parecía que tenía la intención de entrar a la bahía Topaze. No era el fondeo más adecuado. Esto fue lo que creyeron quienes contemplaron el aproximamiento de la embarcación desde las colinas de Mont Topaze y Mont Limon.

A pesar de los avisos que les trasmitieron los nativos para alertarlos de que se alejaran del arrecife, fue infructuoso. Parecía un barco fantasma, en busca de la costa, para alcanzar su postrer descanso. Tras el cataclismo, los criollos salieron a ver los restos del naufragio.

Con la marea baja pudieron acercarse al balandro. Encontraron el cadáver de un individuo, descompuesto. También restos de una calavera. Mucho desorden. Y un olor que repelía cualquier acercamiento. Varias tibias y perones, restos del costillar, dos clavículas y huesos de vertebras desmembrados, flotaban en el agua sucia de la sentina, y se balanceaban con el vaivén de la embarcación, enzarzada, ahora, en las grietas del coral.

La población nativa, tras ver el embarrancamiento, recordó al viejo Alexis LeClézio, pilotando la goleta Segonder del capitán Bradmer.

Las recaladas a Rodrigues son difíciles, y más viniendo del Suroeste. La isla está rodeada por un extenso arrecife, que a modo de plataforma semi-sumergida impide la aproximación de las embarcaciones. Solo tiene dos entradas para el acceso a tierra. Y son angostas. A parte del puerto Inglés, en el Noreste de la pequeña isla, sólo se puede fondear, con una cierta garantía de éxito, en puerto Maturin, también en el Norte y en la bahía del Sureste, en la laguna donde está la isla del Ermitaño. Pero las arribadas por el Sur son siempre delicadas.

Pronto comprobaron que el naufragio no se debía a la impericia de sus navegantes. Ni a su imprudencia. Se debió al desgobierno de la embarcación. No había ningún ser vivo, a bordo de este destrozado pecio. Excepto el caracolillo, algunas pulgas, y los muchos gusanos y larvas que corroían a los dos cadáveres. También incrustados en la madera del barco, se movían una infinidad de extrañas cucarachas.

Dedujeron, por el fuerte hedor, que hacía semanas que sus dos tripulantes habían muerto. Intentaron llamar al administrador de la isla, pero se encontraba en Ille de France, en la vecina Mauricio. Esperaron que subiera la marea para remolcar el barco. Pero fue imposible. Éste se desacuarteló, se abrió en canal y toda la porquería cobijada en su interior se desparramó a lo ancho del amplio arrecife, contaminándolo todo. La orza de la balandra quedó retenida frente la roca de la Fragata.

Fue una navegación trágica. Las corrientes llevaron el Fisterra por el Sur del Atlántico hacia el Índico. La persistente isobara de Santa Elena les arrastraba hacia el Este. Pasaron días, y semanas. Una serie de sucesivos frentes balancearon a la pequeña embarcación de forma atroz. Pedro se abrió el cráneo y su compañero Pepote se rompió la cadera, en un revolcón que no pudo controlar. Pensaron en su amigo argentino Vito Dumas, que vieron en el puerto francés de Arcachon. Hacía jornadas que no comían. No disponían de agua potable. Los días y las noches se sucedían sin control. Perdieron la noción del tiempo. El balanceo continuo les impedía realizar cualquier movimiento. No podían ni pensar. Acurrucados en las literas, estaban inmóviles. Tampoco osaban salir de su cubil. Se mantenían catatónicos sin intentar moverse. Con la cabeza ensangrentada, aturdido por el mar, Pedro dejó un día de respirar. De rugir. Fue en una noche de fuerte borrasca. El viento soplaba alocado y hacía entrar el agua en la cabina cerrada. El frío era insoportable. Prefirió morirse, que continuar como estaba. Desconectó.

Pepote, enloquecido por el dolor, y la impotencia, gritaba como un poseído. Deseó escaparse de aquella situación. En un momento de lucidez, creyó que la calma invadía aquel desolado espacio oceánico. Se recuperó del dolor y se vio alimentándose de los sesos de su compañero, frío e inmóvil. Esta ilusión, de sentirse alimentado, le provocó placer. Fue su último momento de conciencia. Después, solo notó el blancor del frío y la roja humedad.

Los lugareños, la mayoría criollos, encontraron los cadáveres dentro de la balandra en un alto grado de descomposición. Al comprobar el pésimo estado de la embarcación decidieron quemarla, dejando los cuerpos inertes en la hoguera, que poco a poco consumió el barco”.


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