#38 ¡¡¡Reivindicando a Enric Blanco!!!, por Angel Joaniquet


La fascinación hacia Enric Blanco por parte de Ângel Joaniquet parece obsesiva. Lo ha reivindicado en varias ocasiones. La última, fue a raíz de los cambios de nomenclátor callejero en un vial de Barcelona. Un motivo más que le sirvió de excusa para hablar de este personaje, un poco enigmático, que fue el primer navegante de nuestro país que atravesó el Atlántico en un pequeño velero, desde Boston a Barcelona. Aquí va este artículo aparecido el 14 de abril del 2017, en la sección de Opinión de la revisa digital Panorama Náutico.

Enric Blanco, perder el rastro por… navegar

“En Barcelona quieren cambiar el nombre a una calle del barrio de la Barceloneta. Se quiere pasar de la nominación de un marino, almirante que evitó una masacre de centenares de enrolados en los barcos durante la Guerra de Cuba -muchos de ellos vecinos de este barrio marinero- por la de un actor, Pepe Rubianes, -que por otra parte admiré-, y que fue vecino de este barrio marinero. Esto es lo que los castizos suelen decir: 'desnudar a un santo para vestir a otro'. No lo veo correcto. Creo que en mi ciudad, incluso en este barrio, hay suficientes lugares y espacios como para no desmerecer ni a uno ni a otro.

Estos días hemos resucitado de nuevo a Enric Blanco. Hemos vuelto a hablar de él con amigos navegantes, ‘atlántistas’, y con un colega de profesión aficionado también al mar. ‘A la vora del mar’, como dicen en la costa de Girona, recordamos a este hombre, a su familia y al Evalú, su barco. Somos un grupo de recalcitrantes admiradores de Blanco empecinados en evocar cada año a este barcelonés. Fue el primer español que atravesó el océano Atlántico en un pequeño schooner de 36 pies: de Boston a Barcelona, en el año 1930. Recordar es resucitar a una persona, como decía el poeta.

Lo de la calle y Blanco salió a colación de que este navegante, nacido en el barrio de la Barceloneta, bien se merece una calle, una plaza o, como mínimo, una placa en esta parte de su ciudad.

Enric Blanco es un olvidado. Un rastro perdido. Ejerció de peón marinero en buques mercantes por todo el Atlántico, se enroló a los 16 años como polizón y, tras varios años de navegar por el océano, recaló en los Estados Unidos donde saltó ‘sin papeles’. Allí, gracias a su empatía personal, pudo ejercer de profesor de español en la Universidad de Iowa.

Le tiraba el mar, así que cuando consiguió suficientes dólares compró una embarcación y decidió volver a su ciudad. Aprovechó esta aventura personal para escribir uno de los libros más emblemáticos de la literatura náutica internacional, ‘De Boston a Barcelona’, reconocido por el mismo Jean Berrien, autor náutico francés, en su libro ‘Aux limítes du possible’, como un navegante excepcional, y en donde le hace justa referencia junto a otros navegantes reconocidos hasta la década de los años cincuenta.

Méritos no le faltan a Enric Blanco para tener una calle. Pintoresquismo tampoco. Aparte de su leyenda como persona, con sus claros y oscuros, lo más literario de su existencia es lo que no está escrito, como el hecho de que después de recalar en Barcelona decidió volver al mar a finales del año 1931, y se perdió totalmente su rastro. O eso es lo que sabemos.

Tras un año disfrutando de los honores y favores que le departió su ciudad natal, cuando atracó tras su viaje a vela atlántico, Enric Blanco decidió continuar con su periplo náutico y, tras dejar a su mujer en el manicomio de Valldaura, en Barcelona, huyó con su hija, poniendo proa de nuevo al Atlántico para intentar dar la vuelta al mundo. ¿Huida, o necesidad de horizontes abiertos? Nunca se sabrá. Lo cierto es que de forma consciente o inconsciente decidió que su rastro se perdiera, como estela que deja un velero en el mar.

De él solo tenemos noticias en su libro, -con la ilustración que hizo para la portada de la publicación, otro sin rastro de la época, un artista sin par, llamado Helios Gómez- una crónica magistral, marítima, escrita en aquella década prodigiosa -años treinta- donde ‘el relato de mar,’ por parte de aventureros y bohemios a bordo de pequeñas embarcaciones, cautivaron a jóvenes y adultos. Pero de él, y lo que hizo después con su vida y con su barco, no sabemos nada. El mar se lo comió. Y esta voluntad de desaparecer, de desconectar para vivir intensamente el mar, hace más grande, si cabe, su leyenda.

Se dice que acabó en la Polinesia, en el Pacífico. No hay nada seguro sobre ello. Familiares suyos aseguran que la última carta que envió fue a un hermano que vivía en Melilla, que era agente bancario en esta ciudad norteafricana. No es casualidad que Blanco recalara en este puerto rifeño cuando superó Gibraltar en su viaje de Boston a Barcelona, alejado de la ruta natural por Alborán,  para llegar a la Ciudad Condal-.

Con la carta iba adjunta una fotografía de él y su hija, con remitente del puerto venezolano de La Guaira. Su sobrina asegura que se casó de nuevo en una isla de la Polinesia, pero no hay nada confirmado. Es un bonito tema de investigación. No sabemos si alcanzó el Pacífico por el Canal de Panamá, -de haberlo hecho, seguro debería haber un registro en la Administración del Canal-, o pasó por Tierra de Fuego. Lo que sí parece cierto es que no completó su periplo circunmundista. ¿Debió quedarse en el Pacifico, al descubrir el paraíso? ¿Vivió en sus carnes la guerra naval USA-Japonesa en el gran océano? ¿Llegó al Índico? Nada sabemos. Lo único cierto es que su rastro lo borró el mar que tanto quiso.

Resucitar la memoria

Recordar a Enric Blanco es un deber de quienes amamos la aventura marítima. Muchos creemos que se merece un reconocimiento. Incluso, ¿por qué no?, una calle en Barcelona, su ciudad. Uno de los tertulianos en esta charla marinera no dudó en señalar que la tendrá algún día, y nos comentó que para la ciudad, la leyenda de Blanco sería una distinción. Muchos dijeron que este tipo de sentimiento no cuenta para nada en nuestra ciudad. ‘¡Si quieren cambiar el nombre a la avenida Aristides Maillol, [una de las que circunda el Nou Camp], por el nombre Johan Cruyff, -señaló otro-, imagínate buscar un callejón para Enric Blanco!’. Es cierto. Aquí se quiere cambiar la figura de un escultor rosellonés por un futbolista holandés y la de un almirante decimonónico por un cómico transgresor.

Realmente no son, a causa de nuestros gobernantes, buenos tiempos para ciertas culturas, ni para ciertos deportes. Entre ellos los relacionados con la náutica. Una pena, porque hombres como Enric Blanco, un barcelonés de la Barceloneta, han forjado la historia y la leyenda de la náutica mundial de muchas generaciones”.

Angel Joaniquet






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