#41 ¡¡¡Un tipejo peligroso!!! por Ferran Rodríguez Quiles
Fue a mediados de octubre de 1970, a bordo del petrolero
Alcántara. El commander Ferran R. Quiles nos explica una anécdota, o mejor dicho
un consejo, que el capitán de este buque les dió en forma de relato, a sus oficiales y
agregados durante una comida mientras alcanzaban Ras-at-Tanura, una terminal petrolífera
saudí para recibir una carga de crudo de petróleo. Acababan de superar el
estrecho de Ormuz – hoy tan de actualidad-. Un consejo, que de seguro dejó
huella entre sus jóvenes agregados, sobre todo a Ferran, de cara futuros atraques en
otros muelles. Este es su relato:
“El Alcántara es un barco… ¡más que enorme! Con 231 metros de eslora, 36 de manga y un puntal de 17 metros y un calado de 12, da una idea de esta mole de hierro y acero. Ahora estamos navegando en lastre ancho, es decir sin carga ninguna, sólo dos tanques llenos de agua para equilibrar el barco. Está metido a 9 metros en el agua y desde el nivel de la mar hasta el puente había 20 metros. Casi nada, ¿verdad? El Capitán y el 1er. Oficial eran asturianos. El ‘capi’ era un trozo de ‘pan bendito’ y es más sencillo que un fraile franciscano. Daba gusto estar y hablar con él. El 2º Oficial era un chico joven, cartagenero, que se casaba a la vuelta de este viaje. Era casi compañero mío de 'milicias' y muy buen chico. El 3er. Oficial, un señor ya mayor para mis pocos años en aquella época, era también muy bueno. Con él nos repartíamos las guardias. Yo montaba loa relevos de 08:00 de la mañana a 12:00 de mediodía y de 20:00 de la noche hasta medianoche -las 00:00 horas-. Así, de este modo podía dormir durante toda la noche de un tirón. Realmente un detalle, hacia mi persona… que siempre se lo agradeceré.
El 11 de octubre de 1970, era
domingo, pasamos por el estrecho de Ormuz, lengua de mar que separa el golfo de
Omán del golfo Pérsico. Con este paso, mañana a estas horas, ya estaríamos en
Ras-at-Tanura, complejo petrolero, nuestro lugar de destino, donde recogeríamos
un cargamento de crudo de petróleo.
Fondeadero de Ras-at-Tamura, visto desde el Alcantara atracado en el pantalán petrolero
Las noches allí, eran de lo mas
maravillosas. Hacía varios días que el mar estaba llana como una balsa de
aceite y había Luna. Lo único, un poco molesto, era la humedad (93% tanto de
día como de noche). De día teníamos unos 30-35º de temperatura y de noche no
bajamos de
Una cosa curiosa era que pasábamos
por zonas donde había mucho fósforo en el agua. El barco cuando cortaba las
olas, formaba una espuma y este splash (que se aglutinaba como si fuera la de un
detergente cualquiera) era totalmente fosforescente. Veíamos peces voladores, que
salían del agua, volando unos 7 o 10 metros, para después de su salto volver
entrar en ella. Debido al calor de este rincón de mundo, se puede decir que es
uno de los más calurosos de la Tierra. Los cristales del barco se empañaban por
fuera, dificultando que viéramos desde dentro de las cabinas, de forma clara,
el exterior.
Esta zona, fue una geografía remota
y olvidada, hasta que descubrieron que era una inmensa bola subterráneo de
petróleo. De todas formas, en aquellos años -octubre de 1970- seguía siendo un
lugar tan primitivo como hacía mil años. La entrada a los extranjeros estaba
totalmente prohibida (ni políticos, periodistas, turistas. . ¡nada ni nadie!) Nadie que no fuera árabe podía
entrar en en interior -tierra adentro- de aquel territorio. Quizás porque era
la tierra de Mahoma y la consideraban, aún, sagrada. Pero más bien yo opinaba que
era para que no se descubra el tráfico de esclavos que existía con la India y
el Africa negra, para nutrir los harenes y todo eso. Allí donde íbamos nosotros
-en la la costa- era como una tierra
mixta, donde convivían árabes y americanos, donde sí podían residir los
técnicos de las terminales petrolíferas. Pero estos, tampoco podían salir del
terreno que tenían designado para ellos. El primer pueblecito se encontraba a
600 km. tierra adentro. Nosotros mismos podíamos bajar del barco y pasear por
el muelle, pero sin salir fuera del
recinto portuario. Nuestra única distracción era ir a visitar los otros barcos que
estaban atracados por allí cerca o ir a los locales para extranjeros, donde podíamos realizar conferencias
telefónicas, pero siempre dentro de la zona del puerto.
El Alcántara, cargado a tope, listo para zarpar
Un día, mientras esperábamos llenar los tanques de crudo -operativa que podía durar hasta 20 horas- nuestro capitán nos explicó, en la sala de oficiales mientras comíamos, un suceso del que fue protagonista directo y que sin duda, con este relato que nos contó, nos quiso advertir, sobre todo a los más jóvenes, de los peligros del tráfico ilícito que se cometían en los barcos:
- Una vez estuve -nos explicaba
nuestro ‘capi’- tentado de aceptar uno de esos chollos, pero se me quitaron las
ganas muy pronto, al comprobar sus funestas consecuencias.
- Veréis, la cosa fue así- nos
señaló.
- Cada vez que llegábamos a puerto,
normalmente era hacia media tarde. Después de cenar salía a dar una vuelta y me
acercaba hasta los teléfonos. Allí me encontraba con algún compañero y si
terminaba al tiempo que yo, nos marchábamos juntos e íbamos a tomar algo y
después regresábamos a bordo.
- Un día iba yo distraído,
pensando en mi familia y mis cosas, cuando de pronto tropecé con un tipo. No
reparé en que podíamos topar y pensé que el distraído podía ser yo –ya me ha
pasado otras veces-. Entonces aquel tío empezó a disculparse, dándome toda
suerte de explicaciones que no comprendí. Quise sacármelo de encima, pero era
más pesado que el plomo. Hasta quería invitarme a tomar algo. Poco a poco noté
como que mi rechazo le hubiese ofendido y pensé que más valía ser cortés. Algo más amable. Así
que le propuse tomar una copa, pero primero tenía que telefonear a la familia, como era mi
costumbre y no deseaba por ningún motivo, alarmar a la mujer y a mis hijos por no haberlos
llamado, tal como habitualmente hacia siempre, cuando tomaba tierra.
- ¡Estupendo señor! Le acompaño y
después tomamos esa copa,- me dijo el fulano.
- Hablé con la parienta y mis hijos,
que por suerte estaban todos en casa. Todo iba bien, ¡eso!, abrazos y que ya
falta menos para vernos por las vacaciones, lo típico que se dice por teléfono cuando
estas lejos de casa y hablas con la familia. Este fue el tema habitual, como
siempre, de la conversación telefónica.
- Cuando hube terminado de
conferenciar no sabía qué excusa inventar para sacarme de encima a aquel tipejo,
que se llamaba Heliodoro Casajuan. Me acordaré de su nombre toda mi vida. Pero
ya me tenía cogido del brazo, acompañándome hacia la salida de la oficina
telefónica.
- No se preocupe, -me dijo. La
conferencia va por mi cuenta. Usted me invita a esa copa que me ha prometido y
mientras podemos hablar y si le apetece después, podemos seguir paseando, -me insistió.
- Intenté excusarme,
agradeciéndole sus formas, ¡pero macho!, me apretó el brazo de tal modo que por
un momento creí que las formas podían llegar a ser de peor modo. Al menos eso
aparentaba. Mientras, ya nos encontrábamos en la calle y me espetó al oído y me
dijo ‘ya verá cómo va a interesarle, lo que le voy a proponer. Tengo en mis
manos la oportunidad que ha estado esperando toda su vida’. Y cambiando de tono
me paso de hablar en tercera persona, y de Usted, para comenzar a tutearme. Y
prosiguió, con tono adulador diciéndome: ‘ahora te hablaré como un amigo, con
más detalles y después me contestas si aceptas lo que te propongo o si no'.
- Mira, - me soltó- sabemos todo de tí y de tu familia – me dijo-. Trabajas como un cabrón y apenas te llega el sueldo para aguantar el tren y ritmo de vida que llevan tu mujer y tus hijos. Tú no gastas más que en tabaco y en conferencias telefónicas desde los puertos donde atracas para hablar con tu familia en casa. Seguro que has estado soñando, siempre, y ahora también, en tener un golpe de fortuna. Que te lloviese del cielo un millón o más, o que el dinero que dejas a tu hermano, para que juegue por ti a las quinielas o la lotería, se multiplicase por mil. No, no pongas esa cara de asombro.
- Pero…, intente decirle, y me
cortó la palabra.
- ¡No! Calla ahora, y deja que
termine de hablar. Después pregunta lo que desees que para todo tendrás una
respuesta. En resumen, que de tí lo sabemos todo, pero todo del todo. Desde que
naciste . . . Y del modo que tú eres, no
querrás que se sepan un par de asuntillos tuyos, aunque de ello ya hace mucho
tiempo, ¡¡¡ja, ja, ja!!!, soltó una carcajada, entre cínica y demoniaca.
- A ver, siga usted por favor con
lo que me quiere exponer, que ya estoy nervioso -le dije
- Eso está mejor. Sí señor. Así me gusta. Bueno
a lo que iba. Resumiendo. Tenemos la oportunidad para hacernos de oro en nada, en un par de
días. Una ocasión que no se puede despreciar. Así como suena, ¡sí! Y no hay que matar a nadie, ¡no te asustes
coño! Solo tienes que hacer lo que siempre haces; bajar del barco, saludar al
teniente de carabineros. Él te dirá que nada, que todo esta en orden, y que
saludes a tu mujer de su parte. Y ya estamos en la calle. En esta bolsa –no, no
es la tuya, aunque es igual- metes tus cosas y listo y tranquilo. Un tío te
estará esperando, os metéis en el mismo coche y a cobrar.
- En aquellos momentos pasó todo
por mi cabeza. Aceptar y pasar la mercancía. Lo mismo podía ser oro, que
brillantes, o droga. Eso era lo peor. Las vidas de mucha gente estaban en mis
manos. . . Y también la mía y la de mi familia. Sabía de un par de casos que me
contaron y de otro que viví de cerca.
- Este tipejo llevaba haciendo estas
martingalas desde hacía mucho tiempo. Hasta que un día este bribón les dijo que
no a sus suministradores, afirmando de que no continuaría con este 'tipo de tráficos'.
¡Que basta ya! Pero se encontró con que al cabo de pocos días raptaron a su
hija. Ante esta circunstancia, cedió ante sus jefes y decidió proseguir con
estos trabajos. Sin embargo, al poco
tiempo le exigieron “más entrega y colaboración”, ya entendéis. Le
devolvieron a la hija y no pasó nada.
- Harto de no poder sacárselos de
encima, consiguió hacer mudar a su mujer e hija, avisó a la policía de lo que
le estaba pasando. Un día, mientras estábamos navegando, en plena mar, le
enviaron una notificación por cable radiofónico, con una triste noticia. El
telegrama era de la policía. Muy sutilmente le comunicaron la muerte por
accidente de su hija y su esposa.
- Aquella misma noche se colgó en
el piso alto de la sala de máquinas. A la mujer y la hija las violentaron antes
de matarlas y lo quisieron disimular despeñándolas en un coche.
- Después supimos, que a otro
compinche suyo, le pegaron un navajazo por la noche, en el muelle, cuando salía
de a bordo”.
Alcántara, a tope de velocidad
Fotos de Ferran R. Quiles y del archivo de Rogelio Garcés





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