#44 ¡¡¡Necrológica por un gallo campeón!!!, por Carles Ramos
El valor de las cosas es muy subjetivo. Depende todo de las
circunstancias, de cada individuo en particular y del uso que se hace de estas ‘cosas’.
El suceso que nos cuenta Carles Ramos es un claro ejemplo de este paradigma. Un
gallo, para alguien, puede valer más que cualquier otra cosa en el mundo.
Incluso no ser consciente del peligro que puede ocasionar a todo un colectivo si este ser u objeto tan valorado, no está en el lugar adecuado.
Y más, ¡si viaja a bordo de un barco!.
“Manuel Soto era un ferry,
es decir un barco proyectado para el transporte de pasajeros y automóviles, así
como para vehículos de gran tonelaje. Por eso disponía de un gran garaje,
situado en la cubierta principal y que iba de proa a popa en toda su eslora y
para aprovechar el espacio, disponía también de entrepuentes plegables de
funcionamiento hidráulico y capaces para estibar unos ciento treinta y cinco
coches.
En temporada alta era capaz de
transportar unos trescientos turismos, llenando por completo el garaje y los
entrepuentes. En los viajes de regreso de Canarias a la Península era habitual
que todos los vehículos llevaran los depósitos llenos de combustible, por la
sencilla razón de la diferencia de precio de la gasolina entre ambos lugares. ¿Se
imagina el poder explosivo almacenado en el garaje de Manuel Soto en el
caso de un incendio...?
A pesar de todas las medidas de
seguridad que tomábamos en los viajes de vuelta, durante la travesía de Las
Palmas a Cádiz, veinte horas después de nuestra salida, aproximadamente a las
seis de la tarde, el marinero guardián, efectuando su ronda habitual por el
garaje, observó alarmado quée en el interior de uno de los coches estibados en
el entrepuente central de la bodega, una gran llamarada causada por una gran
cantidad de paquetes ubicados en el vehículo, que se estaban quedando.
Inmediatamente se puso en contacto con el puente de mando del barco, donde estaba yo de guardia, para comunicar el incendio, y por su cuenta, mientras yo daba el aviso de acuerdo con las instrucciones del “cuadro orgánico”, rompió los cristales del coche incendiado y con extintores de espuma consiguió reducir el fuego hasta que pudo sofocar totalmente el incendio.
Señalar qué en el interior del
coche, el poder calorífico llegó a ser muy intenso que las chapas de la
carrocería estuvieron a punto de alcanzar el grado de incandescencia critica, con
el peligro de explosión que suponía el depósito rebosante de gasolina.
Ya con el incendio totalmente
sofocado nos extrañó que éste se hubiera producido en el interior de un coche
totalmente cerrado y cuando ya llevaba más de diecinueve horas navegando y por
tanto el coche estaba cerrado en el garaje. El enigma estaba servido...
El capitán ordenó al nostramo que
revisara en el interior del coche. Éste se introdujo dentro del vehículo y,
después de un rato buscando entre los restos del equipaje, totalmente empapados
por la espuma de los extintores, de repente apareció, por una de las ventanas
del coche, la cara del nostramo, totalmente ennegrecida por el hollín flotante y
con una expresión triunfante nos mostró, cogido por el cuello, un gallo
desplomado, chamuscado y evidentemente, ya cadáver. ¡¡¡¿qué hacia un gallo
dentro del vehículo?!!!
Tras encontrar al propietario del
coche y por tanto del gallo, éste nos informó, apesadumbrado, que el animalito
era suyo y que él era un gran aficionado a las peleas de gallos y que por este
motivo se trasladaba a la Península, invitado con su gallo en varias
competiciones que se disputaban en la Península.
Nos dijo que su gallo era todo un ‘campeón’. También nos confirmó que el gallo viajaba en el interior del coche dentro de una caja de cartón con los agujeros de ventilación. Parece ser que el ‘gallito campeón’, rompió el cartón que lo ‘aprisionaba’ y estuvo picoteando todo lo que encontró dentro del coche, con la intención, se supone, de salir del coche, hasta que, picoteando, picoteando, topó con unos cables y produjo un cortocircuito, con el consecuente posterior incendio.
Lo más sorprendente del caso es
que cuando el pasajero se presentó en el lugar del incendio, al ver al nostramo
con el gallo muerto y chamuscado, y al mismo tiempo el coche destrozado por la
contundencia de nuestros bomberos, su reacción no fue otro que llorar por su
gallo.
Del coche y del equipaje no hizo ni siquiera caso, pero
no paró de lamentarse por su campeón, muerto en el incendio”.



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