#45 ¡¡¡Experiencia racista en Durban!!! por Ferran Rodríguez Quiles
Recopilamos del diario de a bordo de Ferran Rodríguez Quiles, escrito el
25 de abril de 1972 en Port of Durban (Sudáfrica), una cruel experiencia, donde
el autor refleja su indignación y cómo se revuelve ante la cruel e inhumana
actitud del régimen del apartheid sudafricano en aquella época y que tenía
sometida, a través de la marginación y la humillación constante y rutinaria, a
la población negra y ‘no blanca’. Un racismo legalizado que era la normalidad
en aquella sociedad y que consideraban a los ‘no blancos’ como seres inferiores
a los que explotar.
Este hecho lo describió -en catalán en el manuscrito original- durante una escala en el puerto sudafricano,
a bordo del carguero Silverstone, de la naviera Silverstone Shipping
Corp, con sede en Monrovia (Liberia), mientras estaba enrolado como segundo
oficial en el servicio Ital-Pacific Line que cubría una ruta de tráfico tramp
por todo el mundo.
“Aquí, en el puerto de Durban, llevamos ya unos diez días. He salido varias veces y he podido comprobar cómo es esta sociedad: una mezcla de ingleses, alemanes, holandeses con un estilo de vida medio europeo y americano, pero con un agravante, aquí, lo único que se aprecia es que estos individuos son, realmente, unos hijos de puta.
Tratan a los negros como
animales, sin ningún tipo de consideración. Estos hacen todos los trabajos
duros y además están mal pagados. Unas 6.375 ptas. al cambio. Teniendo en
cuenta que la bajada de bandera de un taxi, es de unas 40 ptas., una tablilla de
chocolate cuesta unas 20 ptas., una Coca-Cola 10 ptas., se ve que los negros no
pueden vivir muy bien. Además, a estos
los tienen segregados y recluidos en barrios, según interesa a la
administración, dominada por los blancos.
Aquí en Durban se observa que hay
una gran cantidad de hombres, mientras que de mujeres no llega ni una quinta
parte de la población. La población negra femenina vive a las afueras de la ciudad, en el campo, y los hombres, viven en
condiciones infrahumanas en suburbios inhóspitos. La tuberculosis y las enfermedades venéreas campan a
su antojo. La mortandad es alta entre los negros, debido a que están malnutridos, viven hacinados y que sus organismos vitales, están débiles y vulnerables, por las condiciones
infrahumanas en las que viven. Son un campo propicio para contraer todo tipo de enfermedades. Es una pena,
pero es así de cruel esta realidad. La vida de estos hombres no tiene ningún
valor y matar a un negro cuesta 60 rands (unas cinco mil ptas.), que son por
los gastos que representa su "liquidación" total. Ir a la cama con
una negra (las hay de preciosas y creo que más algún blanco pierde la cabeza por
ellas), está muy penalizado. Me dicen que si los encuentran "in
fraganti", son sancionados con 60 rands de multa cada uno (una verdadera
ruina para una chica negra), y al infractor (si es blanco), le caen seis meses de
cárcel, por tener relaciones con una negra.
*****
A bordo del barco y por razón de
mi grado de segundo oficial, yo era el encargado del botiquín.
Un día, terminada mi guardia,
había quedado con mi compañero Bruno para bajar a tierra y visitar la ciudad de
Durban. Queríamos salir del puerto y realizar algunas compras. Me había duchado
y me acababa de vestir, cuando alguien llamó a la puerta del camarote. Aún no
había tenido tiempo de contestar, cuando una cara despavorida apareció detrás
de la puerta. ‘Hay un cargador mal herido en la bodega. Ahora mismo le llevan a la enfermería,
a ver si usted puede hacer algo o le puede ayudar’, me alarmó de repente el
marinero. Le respondí, preocupado, que llamara al compañero Bruno y que viniera
el herido aquí, tan pronto como pudiera.
Tomé las llaves de la enfermería,
que se encontraba justo al lado de mi camarote, al ser yo, teórica y técnicamente,
el responsable de la farmaciola, abrí la puerta de este espacio sanitario, encendí
las luces, un portillo y el armario del material para cuidados médicos. De
inmediato llegaron dos hombres. Un compañero del estibador que tuvo el
accidente y el accidentado, un hombre mayor, negro. El marinero que los
acompañaba a bordo pidió permiso para entrar y me informó que el cargador se había
cortado todo un dedo.
Les hice entrar. Al hombre herido
le tomé el brazo derecho y le levanté para ver qué le había sucedido. ¡Dios
mío! tenía el dedo del medio amputado por la falange. Le acerqué una silla para
que se sentara. Le di un cigarrillo y se lo encendí. Hice ir al marinero a mi
camarote a buscar un vaso y una botella de whisky. Mientras tanto pensaba en lo
que tenía que hacer de inmediato y tener la serenidad para hacerlo bien. ¡Se me
cayó el mundo! Era la primera vez en mi vida que veía un dedo reciente
amputado. Quería animar a aquel hombre, ofreciéndole lo mejor que podía ofrecerle.
En unos instantes el marinero volvió con el whisky y llenó el vaso, que ofrecí
al cargador, indicando al hombre herido, que se lo tomara todo lo más rápido posible.
Para que le hiciera un efecto anestésico antes de mi manipulación ‘médica’.
Paralelamente, mandé que llamaran
por teléfono, pidiendo una ambulancia, porque realmente, la hemorragia que
tenía se podría complicar en cualquier momento.
Procuré atender a ese hombre con
todo mi cuidado, actuando lo más rápidamente posible para retener la herida,
tratando de hacer todo lo mejor que supe. Le ofrecí otro cigarrillo y algo más
de whisky, pero este, abrumado por mis atenciones, no lo aceptó. Tras esta
primera cura de urgencia me despedí de él con unas palmaditas en la espalda y
en mi idioma, con mi lengua vernácula, le deseé buena suerte.
Al salir de la farmaciola,
estabilizado el herido, llegó mi compañero Bruno y con él el representante de
la compañía cargadora que estaba estibando en el barco. Este me saludó e hizo
salir al herido que estaba convaleciente en el camarote farmacia, con cierta
acritud, obligándole a levantarse. Me agradeció, a mí personalmente, lo que
había hecho con aquel cargador, pero me recriminó mi actitud, demasiado
cuidadosa y contemplativa, hacia aquel ‘negro herido’. Usando a Bruno como
interprete, le respondí que mi actitud demasiado cuidadosa con aquel hombre la podríamos
discutir en otro momento. Es la que se merece cualquier ser humano, que se
encuentra en una situación grave. Hice lo que creía debía hacer, le respondí. E
invité al encargado a salir a cubierta. Un lugar más despejado, que no en la
estrecha habitación de abordo.
El hombre negro, herido y con la
mano envendada, estaba en cubierta esperando al encargado, qué al salir y ver
al negro, lleno de rabia, le dio una fuerte patada a la espalda y le conminó,
con grandes gritos, a que bajara del barco y que fuera rápido al muelle, ya que
allí una ambulancia le estaba esperando.
El pobre hombre salió corriendo atemorizado. Yo, ante este triste espectáculo, asombrado y con rabia contenida, lo primero que sentí fue una ira interna, hacia aquel encargado. Viví una vergüenza ajena, con gran estupor, ante la acción desalmada del responsable de los cargadores portuarios. En aquel momento, tuve las ganas de apabullar a aquel energúmeno y le hubiera dado más patadas que él mismo había propinado al negro. Pero mi juicio interno me indicó que era mejor imponer la razón y la serenidad y no ponerme a la altura de aquel desalmado.
Es posible que aquel despiadado
se diera cuenta de lo que yo pensaba sobre la incidencia que tuvo contra el
cargador, y para solventar el tema, me sugirió invitarme a tomar una copa con él,
supongo que para justificar su comportamiento y que esto que había hecho con el
negro, era lo normal en Sudáfrica.
¡No acepté la invitación, por supuesto!
¡Lástima -pensé- de no saber el ‘afrikáner’ y no dominar bien el inglés para
expresar lo que pensaba de él! Porque con cuatro palabras bien acertadas, le
hubiera dicho el desprecio que me provocaba su persona, realmente criticable
por su actitud y del abuso que cometió contra aquel ser humano, tan sólo por el
color de su piel”.



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