#51 ¡¡¡Mi primera impresión de cuando Polonia era comunista!!! por Ferràn Rodríguez Quiles
Aguas del puerto de Gdansk, heladas
No era nada habitual para un español, nacido en la España
franquista anticomunista, visitar una ciudad del otro lado del telón de acero.
Es decir, un país comunista. Todo lo que sonase a comunista, marxista, rojo era
estigmatizado como maligno y satánico. E ir a un país diabólicamente comunista
estaba totalmente prohibido. Solo algunos privilegiados podían evadirse de esta
prohibición. Entre ellos, ciertos marinos mercantes, embarcados en puertos
europeos y con armadoras no españolas. Ferran Quilez nos explica en este
escrito, manuscrito en enero del 1972, su experiencia cuando atracó por primera
vez en el puerto de Gdansk, un 9 de enero, a bordo del carguero Silverstone,
procedente de Gante, Amberes y Kiel.
“Llegamos al llamado ‘Paraiso Comunista’. Ha sido en Port Gdansk, el 9 de enero de 1972.
Empezaré diciendo que mi
profesión se desarrolla en un buque mercante. Intentaré reflejar lo que he visto a mi
llegada al puerto de Danzig, ciudad histórica marcada por un litigio de
fronteras entre Prusia (hoy parte de la Alemania Oriental) y Polonia y la declaración
de una antigua y triste guerra.
Cuando llegó el barco, durante
unas tres horas estuvimos envueltos, cumplimentando con las autoridades
aduaneras. Montones de papeles en medio de una selva de vasos de whisky,
paquetes de cigarrillos americanos, Coca-Colas.
A pesar de que era la hora del
almuerzo tuve que brindar con whisky para confraternizar y hacer más suave la
revisión de todo el papeleo. Uno de los trámites ha consistido en el desfile de
toda la tripulación delante de un comandante de policía. Este anotaba en una
lista si el examinado llevaba barba, bigote, si era calvo o tiene el pelo
canoso. Estos datos son transcritos en el pase que extienden para salir a
tierra. En el mío está escrito y sellado que llevo un gran mostacho.
Otro fastidio ha sido el cambio
oficial de divisas. Por un dólar USA dan 25 lots, (o sea que un lot viene a
salir por 2,68 ptas*.). No obstante, en el mercado negro lo cambian, el dólar,
por 80, 100, 120 y hasta 140 lots. Todo depende de donde te encuentres, la hora
del día en que estés, la necesidad de la persona que te lo compre, etc. No obstante,
hay una cuestión importante a tener en cuenta para el pícaro que quiere estafar
al Estado polaco. Al salir de a bordo hay que pasar por la aduana y enseñar la
cantidad que te han dado en el barco. Allí te legalizan esta cantidad y pobre
de uno si se da el caso de que la policía le para a uno, le pide la
documentación y se lo lleva para registrarlo para ver si tiene más moneda de la
declarada. Esto en dos días ya ha ocurrido a cuatro compañeros míos. Gracias a
Dios que no los consideraron pícaros, si no a estas horas lo estarían pasando,
imagino que bastante mal.
Al pie de la escala del buque hay un soldado polaco armado, de guardia permanente. Al bajar se le entrega el pasaporte y el pase. Ambos documentos el soldado se los mira un par de veces por lo menos, temiéndose ser víctima propicia para el engaño. Comprueba la foto, observándole a uno detenidamente. Y anota en un libro la hora de salida. Después te entrega el pasaporte y por lo bajo te pide si tienes cigarrillos (todo lo hace en cuestión de segundos, al tiempo que mira arriba y abajo, para ver si se acerca alguien –supongo que lo hace con todo el que baja-). Evidentemente, le tienes que dar un cigarro, si no quieres complicarte la vida y no tener problemas
A continuación, debes pasar por la aduana,
para la cuestión de la divisa. Después y antes de salir del muelle, has de
pasar otro control, donde vuelven a comprobar el pase y el pasaporte y lo
registran también con la hora en una lista que ya tienen preparada de antemano.
Causa una enorme tristeza el
salir y ver que hay unos cinco o seis jóvenes que te observan como si
estuvieran ávidos de ver a alguien y que se te echan encima al pasar por tu
lado y con todo sigilo, y claridad al mismo tiempo, te piden si tienes moneda
para cambiar.
Ante estos ‘acercamientos’, uno
contesta que ¡no!, ya que después de los tres controles sucesivos que has
pasado, piensas que este asalto está planeado igual que los anteriores
controles. Pues si se da el caso de que quien te pide para cambiar moneda es un
policía disfrazado, uno se ve condenado irremediablemente, para el resto de sus
días, en un apartado lugar de Siberia. Tampoco lo haces pues crees ver espías
que estarán observando todos tus movimientos sin perder detalle de lo que haces
mientras permaneces en contacto con su civilización, o bien porque como el
único cambio legal es el oficial, una estafa al Estado está penada con quien
sabe qué condena.
La única manifestación de un sentimiento
humano, de calor o de confianza, en este rincón de la ciudad se encuentra al
ver pasear a las parejas de enamorados, abrazados o cogidos de las manos, en
las avenidas cercanas al puerto.
Una vez en la ciudad te parece estar.... ¡estás!, realmente dentro de un país comunista. Todo es pobre, mísero, triste. La gente corre deprisa, sin expresión alguna en sus rostros. Hay soldados armados con fusiles, policías con pistolas patrullando, tanto estés con nieve, como ahora, o haga calor.
Sobre tiendas y comercios…,
bueno. Una cualquiera de nuestras más míseras tiendas de hace un siglo causaría
mejor impresión de lo que hay aquí. La verdad estricta y la más real, me hace escribir
que todo lo que veo es pobre, frío, impersonal, carente de todo gusto,
destacando más bien el desorden,
En el restaurant-café Danzig
donde hemos entrado, nuestro vecino de mesa nos pide si queremos cambiar
divisa. Le contestamos que no. El café que tomamos es fuerte y bueno. El azúcar
es cubano, sin refinar. Estamos en el mejor lugar de la ciudad y pese a ser
comunista, no tienen las bebidas del pueblo (vodka). El cognac que
tomamos, en la nota de precios dice que es autentico francés. Pese a no ser yo un
buen catador, creo que nos han tomado el pelo. Total, 5 cafés y 3 cognacs
= 482 ptas. (siempre según el cambio oficial)
A la vuelta a bordo, de nuevo a
pasar los dos controles donde anotan la hora de regreso. Al irse a descansar,
todo lo visto invita a meditar. Y se dan las gracias a Dios por haber nacido en
nuestra tierra, donde a pesar de todo lo que pasa y se diga, nadie tiene miedo
a ser interrumpido inesperadamente para verse después sometido a un
interrogatorio y registro.
* * * * *
Como guinda a este escrito quiero
referirme a otros de los absurdos que estamos viviendo en nuestra escala de
Danzig:
1.-Para bajar del barco e ir a
mirar los calados, se debe entregar el pase y el pasaporte al soldado que monta
la guardia en el pie de la escalera.
2.-Para salir con la máquina fotográfica a tierra, he tenido que sacar un pase especial (nadie hasta el presente me observó la cámara con tanto detenimiento)
3.-La élite (médicos, agentes
marítimos, altos funcionarios, policía, aduana) habla inglés. La antigua
burguesía, francés. Muchos hablan alemán.
4.-La gente es amabilísima. Le
acompañan a uno hasta la misma ventanilla de la “poste restante”. Pero casi
todos traslucen, tristemente, el dominio de la opresión del comunismo soviético.
5.-Un café, en un local barato
cuesta 6,40 lots. Una joya no baja de los 1.500 lots. Cinco kms. de taxi te
hacen pagar 25 lots (la bajada de bandera, 4,50). Un viaje en tranvía o en bus,
1 lot. Un sello para España y una postal, 3 lots. El teléfono, 1,5.
Escrito en Danzig, 14.1.1972”
* 1 peseta (pta.) equivale a 0,006 €
1 pta. equivalía, a 0,37 lots
El monumento emblemático de Gdansk: la grúa portuaria medieval, en tres momentos, su destrucción, después de la II Guerra Mundial, y su reconstrucción actual:






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